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Jáuregui, el urbanista que revivió favelas desde 1990, propone «urdimbrizar» el Centro de Medellín

El arquitecto argentino, premiado por Harvard en 2000, plantea abrir edificios al uso privado y devolver actividad económica a las calles. Su receta para la seguridad no pasa solo por más policía.
Imagen ilustrativa
domingo 6 de septiembre de 2026

El arquitecto y urbanista argentino Jorge Mario Jáuregui visitó Medellín esta semana. Participó en el foro de renovación urbana del Centro, realizado en la Cámara de Comercio, con apoyo de EL COLOMBIANO.

Jáuregui es arquitecto de la Universidad Nacional de Rosario. Es urbanista de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Desde 1990 trabaja en la reurbanización de las favelas de esa ciudad, en particular en el Complexo do Alemão. En 2000 recibió el Premio Verónica Rudge Green de Diseño Urbano de Harvard. Fue el primero otorgado a un latinoamericano.

En Medellín acuñó la palabra «urdimbrizar». La explicó como el oficio de la tejedora. Se trata de coser los hilos de distinto grosor de la ciudad: vías principales, secundarias, peatonales y vehiculares. El objetivo es jerarquizarlas, reconectarlas y reencauzar los flujos de tránsito.

Jáuregui identificó una tarea pendiente para el Centro: definir dónde construir vivienda nueva. Pidió calidad constructiva y arquitectónica. Pero puso una condición clara: sin la planta baja cerrada con un portón. Propuso edificios de vivienda, comerciales u hoteleros conectados de forma flexible con la calle.

Sobre seguridad, fue directo. «El lugar más seguro del mundo es el que está vivo y activo las 24 horas», dijo. Añadió que ninguna policía garantiza eso por sí sola. «Es el ciudadano usando el espacio público el que lo garantiza», sostuvo.

Para lograrlo, según Jáuregui, hace falta mobiliario urbano adecuado. También edificaciones recalificadas y abiertas en planta baja, buena iluminación pública y pluralidad de actividades: artesanías, productos a la venta, o simplemente el gusto de sentarse a mirar una escultura de Botero. Habló de «una ingeniería social» que requiere poner a trabajar juntos a los organismos del poder público y a las asociaciones privadas, junto con los diseñadores.

El urbanista también propuso rendir homenaje a la quebrada Santa Elena, algo similar a lo que hizo con el río Carioca en Río. Planteó, incluso, un edificio con piscina pública en la azotea, de acceso independiente, como memoria del lugar donde alguna vez se pudo bañar en el Centro.

Jáuregui aprendió en Medellín el verbo «juninear» y cerró su ponencia sugiriendo que todo el Centro debería ser «juniniable». Propuso itinerarios marcados en el piso con concreto —no con placas metálicas, que se roban para fundir y vender— siguiendo el modelo de París.

El diagnóstico de Jáuregui coincide con un principio que este diario defiende: la seguridad y la vitalidad urbana no se decretan desde un escritorio estatal. Se construyen cuando el espacio público atrae actividad económica privada, comercio y vivienda con reglas claras de apertura y uso.

Un Centro que abre sus plantas bajas al comercio y a la vivienda es un Centro que capitaliza su propio suelo. La lección para Medellín es simple: menos portones cerrados y más ciudadanos con incentivos para ocupar la calle. Ese es el verdadero seguro contra el deterioro urbano.

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