El mapa laboral de EE.UU. cambió de color
En 1990, la manufactura era el principal sector empleador en la mayoría de los estados, incluidos Nueva York y California. Hoy, la sanidad ocupa ese puesto número uno en casi cada estado de la Unión: Nueva York, California, Texas y Pensilvania, entre otros.
La semana pasada, Mary Talley Bowden, fundadora de Americans for Health Freedom, publicó en X un gráfico que ilustraba ese vuelco histórico. La imagen acumuló más de 2,5 millones de visualizaciones y cientos de comentarios, señal de que el tema toca un nervio colectivo.
Administradores, no médicos
El dato más revelador no es el tamaño del sector, sino su composición. Según el análisis publicado en The New York Post, el crecimiento del empleo sanitario responde principalmente a la incorporación de administradores, no de personal clínico. La excepción son los cuidadores domiciliarios vinculados al envejecimiento poblacional.
La razón estructural es la regulación: Medicare, Medicaid y una red de programas menores obligan a los hospitales y clínicas a mantener ejércitos de cumplimiento normativo. El sector privado de la salud funciona, en la práctica, como una extensión del aparato estatal.
El argumento libertario y su límite
Jeremy Horpedahl, investigador del Cato Institute, señaló en respuesta al debate que la sanidad paga más que la manufactura —39,80 dólares por hora frente a 36,70— y es más difícil de automatizar o deslocalizar. El columnista Daniel McCarthy, editor de Modern Age, rebate ese razonamiento: un salario más alto financiado por regulación gubernamental no equivale a un empleo productivo en el mercado libre, del mismo modo que un puesto en la burocracia federal no equivale a uno en el sector privado competitivo.
McCarthy añade que Horpedahl es, él mismo, empleado de la Universidad de Central Arkansas, institución pública.
Trump, aranceles y el reequilibrio
El esfuerzo del presidente Donald Trump por recuperar empleos manufactureros se enmarca, según el artículo, en un intento de restaurar el equilibrio entre el sector privado productivo y la dependencia estatal. Los aranceles serían un primer paso que, según McCarthy, debe combinarse con un entorno competitivo para las empresas domésticas: múltiples productores nacionales mantienen precios bajos y ofrecen a los trabajadores más opciones, porque las compañías compiten por atraer talento.
La lectura de Ágora Capital
Los números son elocuentes: cuando el mayor empleador de una economía opera bajo reglas fijadas por Washington y se financia en gran medida con dinero del contribuyente, la señal de precios se distorsiona y el capital humano fluye hacia actividades que no generan productividad exportable. La manufactura crea bienes transables; la burocracia sanitaria crea formularios.
El debate de fondo no es aranceles sí o no. Es si una economía puede llamarse de libre mercado cuando su principal fuente de empleo depende de la regulación estatal para existir. Capital busca reglas claras, no administradores de cumplimiento. Y un trabajador cuyo sueldo depende del Congreso tiene menos libertad electoral que uno cuyo empleador compite en el mercado. Eso, más que cualquier cifra de nómina, es lo que está en juego.
