Los números del Buró del Censo de Estados Unidos no mienten, aunque a veces se prefiera ignorarlos.
En los primeros cuatro meses de 2026, el déficit comercial de EE.UU. con México se redujo 1.7% frente al mismo período de 2025, hasta 60,100 millones de dólares. En ese mismo lapso, el déficit con Vietnam creció 40%, a 70,100 millones, y el de Taiwán se disparó 124%, hasta 71,500 millones. Tres socios, tres trayectorias radicalmente distintas. El único que corrige es el que Washington señala.
El dato simbólico ya se consumó: medido en los doce meses cerrados en mayo, Vietnam desplazó a México como el mayor déficit bilateral de EE.UU., con 203,900 millones de dólares contra 199,200 millones, según el comité económico del Congreso estadounidense con datos del Censo.
En ese contexto, el embajador Jamieson Greer declaró esta semana en el Aspen Security Forum que tiene «un mandato del presidente» para imponer a México «aranceles, cuotas o lo que sea» con el fin de controlar el desequilibrio bilateral. La declaración llega días antes de la tercera ronda formal de negociación para la revisión del T-MEC, prevista la próxima semana en Ciudad de México.
El argumento estructural es igualmente contundente. Según un análisis del CSIS citado en la columna de Enrique Quintana en El Financiero, 74 centavos de cada dólar de manufacturas que México exporta a EE.UU. tienen origen norteamericano, incorporado vía insumos estadounidenses y canadienses. En 2025, por cada dólar que EE.UU. exportó a México importó 1.58 dólares; con Vietnam esa proporción fue de 12.4 a uno. La diferencia entre coproducción regional y abastecimiento unidireccional no es menor: define quién gana y quién pierde cuando se aprietan los aranceles.
El precedente histórico refuerza la advertencia. Desde 2018, los aranceles a China redujeron a la mitad el déficit bilateral con ese país. Pero el déficit comercial total de EE.UU. en 2025 fue de 901,500 millones de dólares, cifra prácticamente idéntica a la de 2024. El desequilibrio no desapareció: emigró a Vietnam, Taiwán, Tailandia e India. La razón es de manual: mientras el déficit fiscal de EE.UU. ronde el 6% del PIB, el ahorro interno seguirá siendo insuficiente y el déficit comercial agregado persistirá, independientemente del socio al que apunte la política arancelaria.
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Desde Ágora Capital, la lectura es clara: los aranceles son un instrumento fiscal disfrazado de política industrial. Cuando el Estado gasta más de lo que recauda —6% del PIB en déficit fiscal— el capital externo llena el hueco, y ese flujo se expresa inevitablemente como déficit comercial. Cambiar el nombre del acreedor no reduce la deuda; solo redistribuye el costo entre socios comerciales. En este caso, castigar a México —el único socio que ya está corrigiendo el desequilibrio y que arrastra exportaciones e insumos estadounidenses en cada transacción— beneficiaría directamente a los proveedores asiáticos de una sola vía. Capital busca reglas claras, y las reglas que ignoran su propia aritmética terminan siendo caras para el contribuyente que las financia.
