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El BCRA amplió su mandato en 2012 y el peso perdió todo: la lección que Friedman ya había dado

Cuando un banco central persigue empleo, equidad y desarrollo además de la moneda, termina controlando nada. Argentina lo demostró con un piso inflacionario del 25% anual que escaló hasta rozar la hiperinflación.
Imagen ilustrativa
sábado 11 de julio de 2026

En 2012, el cartel de la entrada del Banco Central de la República Argentina cambió su leyenda. Desapareció la frase que definía como misión «preservar el valor de la moneda». En su lugar apareció un texto más ambicioso: promover «la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social».

El cambio no fue cosmético. Fue una declaración de política.

Milton Friedman lo había advertido en 1968, en su célebre discurso «The Role of Monetary Policy». Un banco central no puede controlar el desempleo ni el crecimiento a largo plazo. Intentarlo solo produce una baja temporal de tasas, seguida de inflación destructiva y mayor desempleo futuro. La lógica es simple: al dispersar sus objetivos, la autoridad monetaria pierde el control de su única variable real, la oferta de dinero.

La experiencia argentina confirmó el diagnóstico. Tras la ampliación del mandato, el estímulo artificial vía emisión no generó desarrollo genuino. Por el contrario, según el análisis de Manuel Alvarado Ledesma en La Nación, «dinamitó el valor del peso, consolidando un piso inflacionario del 25% anual que escaló sistemáticamente hasta rozar la hiperinflación» algo más de una década después.

El argumento tiene raíces más profundas que Friedman. En 1556, el sacerdote agustino Martín de Azpilcueta, de la Escuela de Salamanca, formuló la primera versión de la teoría cuantitativa del dinero. Su premisa era directa: la abundancia de un bien reduce su valor de cambio. El exceso de dinero erosiona su poder adquisitivo. Friedman, Schumpeter y Hayek reconocieron a los salmantinos como pioneros del rigor monetario.

La doctrina fiscal de esa escuela era igualmente clara. El gasto por encima de los ingresos y la emisión para financiarlo constituían, en sus términos, «un robo institucionalizado». En 1609, el jesuita Juan de Mariana lo formuló sin rodeos: «Al envilecer el dinero, suben todas las mercadurías sin remedio, a la misma proporción que abajaron la moneda».

El mecanismo no ha cambiado en cuatro siglos. Cuando el déficit es estructural, la presión sobre el banco central se traduce en emisión. La emisión destruye el poder adquisitivo. El ciudadano paga el costo sin que nadie lo vote.

Juan Bautista Alberdi lo llamó «un ladrón invisible en el bolsillo del ciudadano».

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Para Ágora Capital, el caso argentino ilustra un principio que los mercados conocen bien: el mandato múltiple es una trampa política, no una herramienta técnica. Cuando el Estado exige al banco central que financie sus desequilibrios, el resultado no es empleo ni equidad. Es inflación. Capital busca reglas claras, y ninguna regla es más clara que esta: la moneda vale lo que el emisor se niega a destruir.

El ajuste fiscal que hoy avanza en Argentina bajo la gestión de Milei apunta exactamente a cortar ese circuito. Los números del déficit y de la emisión son el termómetro real. Todo lo demás es retórica.

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