El mercado de robots colaborativos creció de 100 millones de dólares en 2012 a 2.900 millones en 2025, y se proyecta que alcance 4.000 millones en 2026 y 17.200 millones en 2033. Sin embargo, la Federación Internacional de Robótica reporta que aproximadamente el 89% de los robots industriales permanece enjaulado, con apenas un 10,5% operando sin jaula en 2023.
La paradoja es técnica, no filosófica. Knut Sandven, CEO de Sonair Robotics, señala que la aceleración del software y la inteligencia artificial ha expuesto un cuello de botella crítico: los sistemas de seguridad no han seguido el ritmo de las capacidades de los robots.
«Los robots móviles hacen imposibles las jaulas por definición», dijo Sandven. «Un robot que transporta mercancía de A a B simplemente no puede estar cercado. Así que los robots abandonaron sus jaulas por necesidad, y en los últimos años la IA ha acelerado drásticamente lo que pueden hacer.»
El problema central está en los sensores. Los sistemas láser 2D actuales, como el LiDAR, solo monitorean un plano horizontal a la altura de la espinilla. Si un operario se agacha a recoger una herramienta o extiende el brazo por encima de esa línea de escaneo invisible, el sensor no lo detecta. Sandven describe esta limitación como «esencialmente ciega» para entornos dinámicos.
La respuesta de Sonair es un sensor ultrasónico de Detección y Rango Acústico (ADAR) que otorga visión 3D en tiempo real a los robots colaborativos. La compañía anunció recientemente haber obtenido la primera certificación de seguridad independiente para un sensor ultrasónico 3D, un hito regulatorio que desplaza la detección de un plano a un volumen completo de trabajo.
«Certificar la detección en 3D cambia la pregunta: ya no es si podemos detectar a una persona en un plano, sino si podemos ubicarla en cualquier punto del volumen de trabajo», explicó Sandven. «Hasta ahora, un robot solo podía ser certificado para detectar personas en un plano plano. Solo veía una sola franja del mundo.»
Sandven advierte, además, contra un error de ingeniería frecuente: asumir que una mejor percepción por inteligencia artificial equivale automáticamente a mayor seguridad. Los modelos de IA operan sobre probabilidades; la seguridad certificada, en cambio, debe ser determinista. Tratar la capa de percepción del cerebro artificial como garantía de seguridad es, en sus palabras, «un error crítico de ingeniería».
«Los robots que se ganen su lugar entre las personas serán los que se construyan con una capa de seguridad certificada desde el inicio», afirmó.
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Desde la perspectiva de Ágora Capital, el caso Sonair ilustra un principio que el mercado suele confirmar antes que los reguladores: la innovación privada resuelve los cuellos de botella que la regulación lenta no anticipa. La certificación 3D no es solo un logro técnico; es el activo que convierte un mercado de 2.900 millones en uno de 17.200 millones, porque elimina la barrera que mantiene al 89% de los robots improductivos detrás de una reja.
Capital busca reglas claras, y aquí la regla la escribió una empresa, no un comité. El siguiente paso es que los marcos regulatorios adopten este estándar con la misma velocidad con que la tecnología lo superó.



