Los números primero. Desde comienzos del siglo XX, el ingreso por habitante de los argentinos creció apenas 0,8% anual, un ritmo que exige 87,5 años para duplicar el nivel de vida. Australia, con 1,7% anual, lo logra en 41 años. La brecha, generación tras generación, se volvió abismal.
La pregunta que importa no es cuánto crece la Argentina en uno o dos años, sino cuánto necesita crecer para cerrar esa distancia. Y ahí aparece el dato incómodo: en 2011, año del pico histórico de producción que el país todavía no logra superar, la inversión bruta fue del 21,5% del PIB. Pero, según la base Arklems+Land del Centro de Estudios de la Productividad, cerca del 70% de ese esfuerzo se destinó solo a reponer capital existente, no a ampliarlo.
La inversión neta —la que efectivamente expande la capacidad productiva— fue del 10,6% del PIB en 2011. Hoy es del 4,2%. Menos de la mitad. Ese número explica, mejor que cualquier discurso, por qué la economía argentina no logra crecer de manera sostenida desde hace décadas.
Si el país repitiera el desempeño de su último ciclo expansivo —impulsado por el mayor superciclo de commodities de su historia— y se conformara con un 1% anual de crecimiento del PIB per cápita sin ganancias de productividad, necesitaría una tasa de inversión del 21,1% del PIB. Para cerrar la brecha con Australia en una sola generación, unos 4% anuales al estilo de la convergencia surcoreana, la exigencia sube a más del 34,3% del PIB si no mejora la productividad.
Corea del Sur muestra el camino más eficiente: combinó inversión alta con ganancias de productividad total de los factores cercanas al 2% anual, lo que le permitió sostener ese crecimiento con una tasa de inversión de «solo» 25,6% del PIB. Para la Argentina, la cuenta es clara: seis puntos adicionales del PIB en inversión y duplicar las mejoras de productividad logradas durante el auge del Consenso de Washington en los años noventa.
El mercado ya votó sobre qué falta para eso: estabilidad macroeconómica permanente, ahorro doméstico que financie el crédito sin depender de deuda externa, y reglas de juego monetarias y cambiarias previsibles. Sin esos tres pilares, cualquier tasa de inversión calculada en un papel queda en abstracto.
Capital busca reglas claras, no promesas de ciclo. La distinción que traza el estudio entre «recuperarse» y «crecer» es la más relevante del debate económico argentino: volver a usar capacidad instalada tras una crisis no es lo mismo que aumentar de forma permanente el ingreso por habitante, y confundir ambas cosas —como ocurrió durante buena parte del siglo pasado— es la razón por la que el país sigue mirando a Australia y Corea desde atrás.
El mensaje de fondo, para quien piense en plazos de una generación, es que ningún atajo estatal sustituye al ahorro genuino y a la certeza jurídica. La inversión neta no crece por decreto; crece cuando el Estado deja de absorber el ahorro disponible y el capital encuentra, por fin, condiciones estables para quedarse.
