Wall Street se prepara para nuevas ofertas públicas iniciales, el proceso por el cual una empresa privada sale a cotizar y vende acciones por primera vez. En el centro del radar están Anthropic y OpenAI, dos de los grandes nombres de la inteligencia artificial.
El antecedente inmediato lo marcó SpaceX. La empresa de Elon Musk debutó el pasado viernes 12 de junio, recaudó más de US$75.000 millones y superó el récord que ostentaba Aramco desde 2019. Mauricio Villacorta, estratega de Inversión de IOL, evaluó que su paso por bolsa reflejó volatilidad: en apenas tres ruedas trepó a US$225, luego cayó de forma sostenida hasta cotizar por debajo del precio de colocación a principios de agosto y después se recuperó hasta rondar los US$170.
En ese marco, Paulino Seoane, director de Investment Ideas en Balanz, sostuvo que los IPO de las empresas de inteligencia artificial son algunos de los «más esperados» porque su salida al mercado está avanzada. Anthropic, creadora del modelo Claude, llevaría adelante su oferta pública inicial en las próximas semanas. Seoane indicó que «Anthropic ya presentó el filing para su IPO, que podría ocurrir durante algún momento de noviembre, probablemente durante la semana de Acción de Gracias».
También anticipó que sería la salida a bolsa más grande de la historia y que superaría a la de SpaceX. «El objetivo de la compañía es colocar acciones por US$100.000 millones», detalló, y agregó que valuaría al total de la compañía en US$2 billones.
OpenAI, en cambio, optó por postergar su estreno bursátil. Seoane señaló que la colocación quedaría para el primer trimestre de 2027, porque prefieren esperar por «mejores condiciones de mercado y mejorar el perfil de seguridad de sus modelos». Además, dijo que, según las últimas rondas de inversión, la valuación presalida a bolsa de la compañía es de US$852.000 millones.
La lógica financiera detrás de una IPO es clara. Pablo Lazzati, CEO de Insider Finance, destacó que las empresas pueden acceder a financiamiento sin asumir una obligación de deuda, porque obtienen capital a cambio de participación accionaria. Para firmas ligadas a la IA, eso cobra peso porque necesitan niveles muy altos de inversión en infraestructura, capacidad de procesamiento y tecnología.
Villacorta observó que las empresas se vuelven cotizantes por dos motivos principales: capital y liquidez. Explicó que el gasto en cómputo, es decir, la compra masiva de chips especializados y el mantenimiento de servidores para los modelos de IA, supera el límite práctico de las rondas privadas. En ese punto, el mercado público ofrece montos inalcanzables en el ámbito cerrado.
Además, dijo que la cotización amplía la base de inversores y permite usar acciones como «moneda» para hacer adquisiciones y retener talento. Pero advirtió que la contracara es que cotizar obliga a justificar un precio todos los días. Aunque las compañías de IA muestran ingresos en rápido crecimiento, todavía cargan pérdidas por la inversión en infraestructura.
Seoane apuntó que ese es el caso de Anthropic, con «muy fuerte crecimiento», pero todavía sin ingresos suficientes para ser rentable. Señaló que las inversiones en cómputo son enormes: US$7300 millones en 2025, además de un compromiso de gastos e inversiones para la próxima década.
Villacorta sumó que la ventana de mercado es volátil: los IPO se aceleran cuando sobra apetito por riesgo y se frenan si un debut defrauda. Como antecedente, dijo que siete de las diez mayores salidas a bolsa en Estados Unidos rindieron menos que el S&P 500 en su primer año.
Los números primero. El mercado ya votó. Y en la IA, esa votación viene con una condición inevitable: capital sí, pero también disciplina. Cuando una empresa entra a bolsa, deja de depender solo de rondas privadas y empieza a vivir bajo el juicio permanente del mercado.
Para los inversores, eso puede ser una oportunidad de acceso a activos de enorme escala. Para las empresas, implica financiamiento y liquidez, pero también transparencia y presión por rentabilidad. Capital busca reglas claras, y Wall Street no regala paciencia.


