En 1776, Adam Smith publicó «Una Investigación sobre la Naturaleza y Causa de la Riqueza de las Naciones». Doscientos cincuenta años después, su fórmula para la prosperidad sigue siendo la más concisa y la más ignorada por el aparato estatal mexicano.
En una carta al joven William Eden, Smith describió el secreto del progreso de las naciones en tres palabras: «Paz, impuestos simples, y una administración tolerable de la justicia». No mencionó subsidios, zonas económicas especiales ni programas de innovación financiados con dinero de los contribuyentes. Solo tres condiciones básicas que el Estado debe garantizar sin estorbar.
El costo de la violencia sobre el capital
El primer elemento — la paz — parece obvio, pero sus efectos sobre la inversión son concretos y documentables. Según el columnista Manuel Molano en El Financiero, un empresario mexicano le explicó que no quería apalancar su negocio con crédito porque eso lo haría «más vulnerable ante la delincuencia organizada». El razonamiento es brutal en su lógica: crecer implica visibilidad, y la visibilidad atrae extorsión. El resultado es una economía que se autoimpone un techo de crecimiento para sobrevivir.
Ese mecanismo — capital que no se arriesga porque el Estado no ejerce el monopolio legítimo de la violencia — es exactamente lo que Thomas Hobbes identificó como el estado de naturaleza. Sin ese monopolio, señala Molano, «no hay civilización».
Complejidad fiscal como forma de extorsión
El segundo elemento de Smith no pedía tasas bajas, sino impuestos simples. La distinción importa. Molano cita al economista Luis de la Calle para ilustrar la paradoja mexicana: los líderes que organizan la economía informal operan como «ventanilla única», donde una cuota simple resuelve todos los problemas del productor. El Estado formal, en cambio, ofrece múltiples ventanillas, tres niveles de gobierno y capas de complejidad que «crean incentivos a la extorsión y costos que impiden crecer».
El resultado es predecible: la informalidad no es una patología cultural, es una respuesta racional a un sistema fiscal diseñado — por omisión o por acción — para ahogar a la libre empresa.
Justicia intolerable, capital que huye
El tercer elemento cierra el círculo. Cuando los delincuentes quedan libres por falta de pruebas y los inocentes terminan en prisión, quienes tienen capital que arriesgar en una empresa salen del mercado — o del país. Los únicos negocios que prosperan en ese entorno, apunta Molano, son los que «no necesitan del sistema de justicia»: los negocios criminales.
La conclusión del análisis es directa: México no requiere más ingeniería de política pública, más subsidios ni más burocracia especializada. Requiere paz, impuestos simples y una justicia que funcione. Tres condiciones que el Estado existe precisamente para garantizar.
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Desde Ágora Capital, la lectura es igualmente directa. La fórmula de Smith no es ideología: es la descripción mínima de lo que necesita el capital privado para asignar recursos productivamente. Cada vez que el aparato estatal falla en alguno de esos tres frentes — y en México falla en los tres simultáneamente — el costo no lo absorbe el gobierno, lo absorben los ciudadanos que no pueden crear empresas, los trabajadores que no consiguen empleos formales y las regiones que permanecen en el atraso. El mercado ya votó: mientras esas condiciones no cambien, el capital seguirá buscando reglas claras en otro lugar.
