La mezcla mexicana de petróleo cerró el viernes 10 de julio en 66,8 dólares por barril, según el portal oficial de Petróleos Mexicanos (Pemex). El precio es un estimado calculado con las fórmulas de cotización por región geográfica y se publica con fines informativos.
México produce tres variedades de crudo clasificadas por densidad API. El Maya, de tipo pesado, representa el 54% de la producción; el Istmo, ligero, el 33%; y el Olmeca, superligero, el 12% restante. La mezcla Maya es la de mayor exportación y funciona como sustituta de las otras dos, aunque su naturaleza pesada limita el rendimiento en gasolinas y diésel.
En 2020 —último dato consolidado disponible en el portal de Pemex—, la producción total se ubicó en 1 millón 705 mil barriles diarios en promedio anual, cuatro mil barriles por encima del registro de 2019, rompiendo una racha de 15 años de caída. Ese mismo año, la exportación de crudo ligero promedió 140 mil barriles diarios, según cifras citadas por la Asociación de Bancos de México (ABM).
El dato estructural más relevante: Pemex aportó el 98,8% de la producción nacional de crudo en 2020, mientras las empresas privadas apenas cubrieron el 1,2% restante. La incorporación de 146,5 mil barriles diarios provenientes de campos nuevos desarrollados en el primer semestre de 2019 explica en parte la recuperación.
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Los números cuentan una historia que el aparato estatal prefiere no subrayar. Un precio de 66,8 dólares por barril es manejable para las finanzas públicas solo si los costos de extracción y la deuda acumulada de Pemex no erosionan el margen real. La concentración del 98,8% de la producción en manos de la empresa del Estado no es un indicador de fortaleza: es el reflejo de un modelo que desplazó al capital privado y redujo la competencia, justo cuando la industria global exige eficiencia y reinversión.
Mientras el precio internacional del crudo oscila con cada ciclo geopolítico, la productividad de Pemex depende de decisiones administrativas, no de incentivos de mercado. Capital busca reglas claras; una petrolera que concentra casi toda la producción nacional bajo tutela gubernamental ofrece lo contrario: riesgo político embebido en cada barril.

