En los próximos días, el Gobierno Federal presentará una propuesta para enfrentar el déficit fiscal mexicano, según el columnista Solis en El Financiero. La disyuntiva es conocida: más ingresos públicos o menos gasto. El problema es que ninguna de las dos salidas es indolora, y el tiempo se acorta.
El diagnóstico que ofrece Solis es directo. Cuando el déficit se financia con deuda interna —como ocurre en México— se disparan las tasas de interés. Eso desincentiva la inversión productiva, frena la creación de empleo formal y eleva aún más el gasto público por el mayor servicio de la deuda. Un círculo vicioso del que, advierte, «es muy difícil salir».
Los recortes ya se sienten en la economía real. Según la columna, el retraso o la suspensión de inversión en infraestructura es visible: plantas de generación eléctrica, carreteras, abastecimiento de agua potable y alumbrado público acusan el ajuste. En el sector público, la reducción de sueldos expulsa a los empleados más calificados, deteriora los servicios y, en algunos casos, abre la puerta a ingresos ilegales entre quienes permanecen.
El deterioro de los servicios públicos no es solo un problema social: reduce la productividad de toda la economía, lo que a su vez deprime la recaudación y agrava las finanzas del Estado. La espiral se retroalimenta.
Por el lado de los ingresos, Solis advierte que un incremento drástico de impuestos a las empresas solo elevaría la recaudación en el corto plazo. México ya tiene, según el columnista, «una de las mayores tasas de impuestos a las empresas en el mundo». Subir más esa carga desincentivaría la inversión y destruiría empleo formal, precisamente la base tributaria que el fisco necesita ampliar.
La tendencia estructural tampoco ayuda. El gasto crece por la dinámica poblacional y los programas sociales, mientras los ingresos públicos avanzan a menor ritmo o incluso retroceden por la debilidad económica. De continuar esa trayectoria, Solis considera probable «una crisis fiscal en el futuro» en México.
La lectura de Ágora Capital
El cuadro que describe Solis no es una anomalía: es el resultado predecible de años de expansión del aparato estatal financiada con deuda, sin reformas estructurales que amplíen la base productiva. El dinero de los contribuyentes paga hoy intereses en lugar de infraestructura; la libre empresa soporta una carga fiscal que ya desincentiva la inversión, y el espacio que el Estado no puede cubrir —como señala el propio columnista— lo ocupa la delincuencia organizada.
La propuesta que presente el Gobierno en los próximos días será la prueba de si existe voluntad real de romper ese círculo o si se optará, una vez más, por medidas parciales que posponen el ajuste y lo encarecen. El mercado, como siempre, ya está descontando el riesgo.

