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McKibben: la solar instala «una central nuclear cada 18 horas» y ya es la energía más barata del planeta

El ambientalista y fundador de 350.org sostiene que las renovables se abaratan tan rápido que ni Rusia, Arabia Saudita ni EE.UU. pueden frenarlas con política. El mercado, dice, ya empezó a votar.
Imagen generada con IA
lunes 7 de septiembre de 2026

El ambientalista estadounidense Bill McKibben, fundador de la organización 350.org y profesor del Middlebury College, presentó en España su libro «Here comes the sun» (Capitán Swing) con una entrevista a EFE en la que defiende que las renovables «tienden a la democratización» del consumo energético porque «nadie puede acaparar el sol o el viento».

Los números primero. Según McKibben, «cada 18 horas el mundo instala paneles solares equivalentes a la potencia de una central nuclear», lo que convierte a la solar y la eólica en las fuentes que crecen «más rápido que cualquier otra fuente de energía en la historia». Cita como ejemplos a China, por el volumen de su despliegue, y a California, que según sus datos «utiliza un 60% menos de gas natural para generar electricidad que hace apenas tres años».

El argumento central del autor no es solo climático: las renovables «se han convertido en las más baratas del planeta». Es un dato que interesa a cualquier lector de mercado más allá de la etiqueta ambientalista: si la generación solar y eólica gana por costo, no necesita subsidio ideológico para expandirse.

McKibben reconoce, sin embargo, que el cambio no será inmediato. Los combustibles fósiles «han sido el modelo dominante durante 200 años» y existe «una enorme infraestructura construida alrededor». Además, señala que países con grandes sectores petroleros y gasísticos —cita explícitamente a Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudita— están dispuestos a «hacer todo lo posible por ralentizar» el proceso usando su influencia política.

En el plano geopolítico, el autor sostiene que Europa «ha sufrido ya dos sacudidas»: el corte del gas ruso tras la escalada en Ucrania y el estrangulamiento del tránsito petrolero por el estrecho de Ormuz durante la guerra de Irán. Ambos episodios, dice, «han recordado a los europeos lo valioso que sería contar con un suministro energético independiente». Sobre España, afirma que «está marcando el camino para el continente» y que el reciente ataque de Estados Unidos contra Irán provocó «menos alteraciones» de precios en el país que en otros lugares de la UE.

McKibben plantea que la intervención política más urgente es acelerar la construcción de infraestructura solar, en lo que llama una oportunidad para «reordenar el mundo sobre bases más sensatas y humanas» y construir «una sociedad más justa, saludable y democrática».

El mercado ya votó, al menos en parte del argumento: si la solar y la eólica son hoy la energía más barata, como sostiene el propio McKibben, su expansión no depende de que ningún gobierno decrete una «misión unificadora» global. Depende de costos, de infraestructura de red y de reglas claras para quien quiera invertir en generación, algo que ni Bruselas ni ningún activismo climático pueden sustituir por decreto.

Donde el relato pierde matices es en saltar del dato de costos a la promesa de «reordenar» el equilibrio económico mundial. La seguridad energética que reclama Europa tras Ucrania e Irán no se resuelve con consignas sobre democratización del sol, sino con diversificación de suministro, inversión privada y marcos regulatorios estables que no penalicen ni subsidien artificialmente ninguna fuente. Capital busca reglas claras, no relatos.

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