El stock de repos a un día de los bancos con el Banco Central cerró el jueves en $1,1 billones. Esa cifra define el margen operativo con el que el BCRA absorbe pesos mediante la venta de bonos dollar-linked en el mercado secundario, la herramienta que le permite contener la presión sobre el dólar oficial.
Con la plaza más seca, mantener el tipo de cambio por debajo de los $1.500 se vuelve una ecuación difícil: bajar tasas o defender la banda. No hay respuesta cómoda.
Las tasas ya reaccionaron. Las tasas a un día subieron 250 puntos básicos desde la última licitación. La tensión se propagó al resto de la curva de pesos: los plazos cortos de tasa fija ajustaron en promedio 169 pbs y los largos, 175 pbs. A menos que el Tesoro repita las recompras extraordinarias de bonos que utilizó en junio para inyectar liquidez, las tasas se mantendrían en terreno exigido hasta la próxima licitación.
El problema real está en el crédito. Las tasas pasivas no se dispararon al ritmo observado en julio de 2025. Pero el Gobierno no quiere ver subir las tasas activas: con una morosidad de casi 13%, los bancos no recortan la tasa de préstamos personales. El financiamiento a los hogares acumula nueve meses de caída consecutiva, apagando el motor del consumo financiado.
Sin la palanca de las cuotas, el consumo no financiado tampoco muestra señales de alivio. La pérdida de 131.000 empleos privados en once meses —dato a mayo— erosiona la masa salarial e impide que la desinflación se traduzca en ganancia de salario real.
El impacto político ya es visible: en julio el Índice de Confianza en el Gobierno cayó 6,3%. Con todo, el equipo económico cuenta con un colchón temporal: las elecciones están a más de un año y el voto suele definirse por la percepción más reciente del bolsillo.
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Desde Ágora Capital, el cuadro que describen los números es el de un programa de estabilización que avanzó con éxito en reducir la inflación pero que enfrenta ahora el costo de la transición: tasas que no pueden bajar sin arriesgar el ancla cambiaria, crédito que no fluye porque la mora lo impide, y empleo privado que todavía no recupera. La tensión entre liquidez, tipo de cambio y tasas activas no es una falla de diseño; es la fricción inevitable cuando el ajuste fiscal se adelanta al ajuste real de la economía.
El mercado ya votó en la curva de pesos: cada punto básico adicional es capital que no llega a la producción ni al consumo. El desafío del equipo económico es demostrar que la estabilidad cambiaria no se compra indefinidamente con tasas altas, sino con confianza y reglas claras que atraigan inversión privada y reconstruyan el empleo formal. Ese es el único camino que convierte la desinflación en bienestar real.

