Un estudio del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, firmado por el doctor Nicola Cetorelli y la profesora asistente Shohini Kundu, expone una práctica que debería preocupar a cualquier analista de riesgo sistémico: los grandes Bank Holding Companies (BHCs) mueven capital desde sus filiales no bancarias —con regulación laxa— hacia sus bancos comerciales —con regulación estricta— para cumplir métricas post-crisis sin reducir el riesgo real.
El mecanismo es sencillo en su lógica y perturbador en sus consecuencias. Los BHCs controlan tanto bancos comerciales sujetos a Basilea III como filiales no bancarias con requisitos mucho menores. El capital fluye hacia donde el regulador mira con más atención, mientras las filiales menos vigiladas acumulan préstamos de mayor riesgo y reservas menguantes.
Los números son concretos. Los bancos comerciales dentro de estas estructuras muestran entre 5% y 8% más de capital excedente del que tendrían sin el traslado interno. Las filiales no bancarias, en cambio, quedan con capital depletado y carteras de crédito más arriesgadas. A nivel consolidado, el BHC no gana ni pierde capital ni riesgo neto: simplemente reordena las sillas.
El informe introduce un dato de particular gravedad: una simulación de crisis indica que entre 4% y 6% de los BHCs agotaría su capital si se vieran obligados a rescatar a sus propias filiales debilitadas. Esa cifra no es un escenario apocalíptico; es el costo implícito de una arquitectura regulatoria con agujeros.
Cetorelli y Kundu señalan que la estructura organizativa de una firma es un determinante fundamental de si una regulación funciona o fracasa. Su recomendación es directa: los reguladores deben implementar supervisión consolidada real, incorporar los pasivos implícitos que los BHCs asumen frente a sus filiales, y cerrar las asimetrías que hacen posible este arbitraje interno.
El informe se publica como Staff Report del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, lo que le otorga peso institucional sin ser política oficial de la Fed.
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Desde Ágora Capital, la lectura es inevitable: las regulaciones post-2008 no eliminaron el riesgo, lo redistribuyeron hacia las zonas menos iluminadas del sistema. El contribuyente, que ya pagó una vez el costo de la ingeniería financiera irresponsable, sigue siendo el prestamista de última instancia implícito de estructuras que el regulador no supervisa de forma consolidada. Capital busca reglas claras —y cuando las reglas tienen fisuras, el capital las encuentra antes que el inspector.
El debate sobre cuánta regulación bancaria es suficiente no se resuelve con más volumen de normas, sino con supervisión que siga el riesgo adonde realmente va. Mientras eso no ocurra, la solidez que muestran los balances de los grandes bancos seguirá siendo, en parte, una función de contabilidad interna, no de fortaleza real.

