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La Fed retrocede a los años ochenta: Warsh quiere eliminar el Dot Plot y el Forward Guidance

El comunicado más escueto y una conferencia de prensa sin precisiones marcan el regreso a la opacidad monetaria; las tasas de largo plazo subieron con fuerza el miércoles tras la reunión del FOMC.
Imagen ilustrativa
lunes 3 de agosto de 2026

La segunda reunión del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) de 2026 dejó una señal difícil de ignorar: la Fed está cambiando su estrategia de comunicación. El comunicado fue más escueto que en ciclos anteriores y la conferencia de prensa, según el columnista Ernesto O'Farrill Santoscoy en El Financiero, resultó «una hora de retórica cantinflesca que no dejó nada en claro».

Detrás del giro está la figura de Warsh, quien —según la misma fuente— quiere eliminar el ejercicio trimestral de proyecciones de tasas conocido como el Dot Plot, así como el Forward Guidance. Se trata de una propuesta, no de una decisión consumada, pero la dirección es clara: menos información prospectiva, más discrecionalidad para el banco central.

El debate no es nuevo. Durante décadas, los bancos centrales operaron bajo el principio de que la sorpresa era una herramienta de política. El propio Alan Greenspan lo sintetizó sin pudor: «Si me han entendido claramente, probablemente me habré expresado mal». Ese modelo otorga máxima flexibilidad para reaccionar a datos nuevos sin el costo político de romper una señal previa, y permite usar el efecto sorpresa para desinflar burbujas especulativas de forma drástica.

El problema es el precio que pagan los mercados. Cuando la comunicación es ambigua, los participantes destinan recursos masivos a «adivinar» al banco central en lugar de analizar fundamentos. Los anuncios inesperados generan caídas o subidas abruptas en bolsas, empleo y tipos de cambio. El Taper Tantrum de 2013 es el ejemplo canónico: bastó que Ben Bernanke mencionara ante el Congreso la posibilidad de reducir el programa de compra de bonos para que el mercado reaccionara de forma violenta, sin estar preparado.

El otro antecedente relevante es el diagnóstico postpandémico de 2021. Durante gran parte de ese año, la Fed insistió en calificar el repunte inflacionario como «transitorio», retrasando el alza de tasas. Fue hasta marzo de 2022, con una inflación en el 9% anual, que la institución admitió formalmente su error y tuvo que subir tasas de forma histórica.

La comunicación abierta, por su parte, tiene virtudes comprobadas: alinea las expectativas del mercado con las intenciones del banco, reduce la volatilidad, ancla las metas de inflación a largo plazo y —argumento no menor en democracia— obliga a un organismo autónomo a rendir cuentas ante los ciudadanos y el Congreso. Su debilidad es la pérdida de flexibilidad: si el banco promete tasas bajas y la economía cambia, dar marcha atrás daña la credibilidad.

Después de la reunión del miércoles, las tasas de largo plazo subieron con fuerza, un movimiento que O'Farrill Santoscoy asocia a la incertidumbre que genera precisamente este tipo de comunicación cerrada.

La lectura de Ágora Capital. El retorno a la opacidad monetaria no es un tecnicismo: es un cambio de reglas que afecta el costo del capital para empresas, gobiernos y familias en todo el mundo. La libre empresa necesita previsibilidad para planear inversiones; la discrecionalidad sin rendición de cuentas es el terreno fértil de los errores de 2021. El mercado ya votó el miércoles con las tasas largas. Capital busca reglas claras, y la Fed acaba de hacer las suyas más difusas.

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