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Empresas argentinas moderan ventas al 51% mientras el ajuste pide resultados visibles

Ejecutivos reunidos en Puerto Iguazú advirtieron que la estabilidad lograda no basta: las reformas deben traducirse en resultados que la gente perciba en su bolsillo.
Imagen ilustrativa
viernes 4 de septiembre de 2026

Los números primero. En la 47° Convención Anual del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF), celebrada en Puerto Iguazú, una encuesta de EY Argentina junto con el IAEF mostró que el 51% de las empresas consultadas reportó un aumento de ventas en el último año, frente al 62% del relevamiento anterior. Un 32% registró caída. La rentabilidad quedó dividida: mejoró para el 32%, se mantuvo estable para el 30% y empeoró para el 34%.

La desaceleración llega después de lo que Alejandro Kelman, socio de EY Argentina, describió como «un 2025 de fuerte recuperación». Para el economista, el proceso de estabilización actual «se mostró algo más heterogéneo, propio de una economía que todavía está acomodando sus precios relativos», aunque destacó que «la resiliencia de las compañías es notable» y que la mayoría sigue invirtiendo y proyectando crecimiento para 2027.

Pablo Miedziak, presidente del IAEF, planteó el diagnóstico central del encuentro con la metáfora de dos relojes: uno que avanza en décadas —las reformas estructurales, la apertura y la transformación del Estado— y otro que corre en días, el de las pymes que deben pagar salarios a comienzos de mes. «No hay reforma sostenible sin resultados que la gente vea e impacte en su realidad personal y familiar», sostuvo, y advirtió sobre el riesgo de repetir «este tremendo péndulo» que lleva a la Argentina de un extremo a otro cada cuatro años.

El economista español Daniel Lacalle calificó los cambios de los últimos tres años como una «sorpresa» y afirmó: «Es un gran ejemplo para todo el mundo. Ven a la Argentina como un lugar de oportunidades, tenemos gente del sector petrolero, de la construcción, inmobiliario». Según reportó la fuente, en ese período la economía comenzó a crecer, la inflación se redujo y miles de argentinos salieron de la pobreza.

El debate técnico se corrió de la macro a la micro. Daniel Artana, economista jefe de FIEL, señaló que hasta 2023 las empresas se acostumbraron a vender solo en el mercado interno, y que ahora «la señal cambió: eso ya no va más, hay que mirar al mundo como mercado». Reconoció que la reconversión «tiene consecuencias» para quienes no logren adaptarse a tiempo. Mariana Camino, cofundadora y CEO de Abeceb, coincidió en que la estabilidad macroeconómica es «necesaria», pero «no suficiente», y remarcó que el costo de pensar el crecimiento a largo plazo depende del punto de partida de cada sector.

El mercado ya votó con la caja: sectores como minería, agro y energía capitalizan la apertura, mientras la industria manufacturera y la textil siguen buscando el punto de equilibrio entre precios relativos ordenados y competitividad real. Ese desequilibrio no es un defecto del programa; es el costo visible de desarmar décadas de proteccionismo y subsidios cruzados.

La lectura de fondo que dejó Puerto Iguazú es que el ordenamiento macroeconómico, por sí solo, no garantiza sostenibilidad política. Capital busca reglas claras y horizontes de veinte años, no promesas de cuatro. Si las reformas no logran acortar la distancia entre el reloj de las decadas y el reloj de la caja diaria de las pymes, el riesgo no es solo económico: es el regreso del péndulo que los propios empresarios dicen conocer de memoria.

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