Juan Camilo Restrepo, ingeniero ambiental y docente de la Universidad del Norte, advirtió en el programa Sala de Prensa Blu que la reducción de lluvias asociada al fenómeno de El Niño, sumada a limitaciones de infraestructura, eleva el riesgo de racionamientos de agua y energía en distintas regiones del país.
Según Restrepo, el pico del fenómeno se ubicaría entre noviembre y diciembre de 2026, con efectos que podrían extenderse hasta febrero, marzo o abril de 2027. Si se alteran los ciclos de lluvia del próximo año, las afectaciones —dijo— podrían llegar hasta mayo o junio de 2027.
El dato que ordena el riesgo es energético: entre 75% y 78% de la generación eléctrica colombiana depende de la disponibilidad de agua. Restrepo recordó el apagón de 1992-1993, pero subrayó que hoy la economía —banca, transporte, comunicaciones, plataformas digitales— es mucho más dependiente de la electricidad que hace tres décadas.
«El mayor riesgo que tenemos todos es que nos enfrentemos a un racionamiento de agua o energía», dijo el académico.
El río Magdalena ilustra el problema. Su caudal actual se ubica entre 4.100 y 4.200 metros cúbicos por segundo, frente a un promedio histórico de 7.000. Restrepo aclaró que ese volumen aún podría abastecer a muchas comunidades, pero advirtió que la variación del nivel deja fuera de alcance a las bocatomas por sedimentación y formación de islas fluviales.
«El problema es la infraestructura», afirmó. Varios municipios, señaló, no cuentan con recursos técnicos para reubicar tomas de agua o adaptar sus sistemas cuando cambian las condiciones del río. A esto se suma que un caudal menor diluye peor los contaminantes, exigiendo mayor capacidad de tratamiento en plantas intermedias.
El docente insistió en que El Niño es un fenómeno natural, recurrente cada cinco a siete años, pero que su intensidad actual podría amplificarse por la coincidencia con la oscilación decadal del Pacífico. La discusión de fondo, planteó, no es si el fenómeno ocurrirá —ya ocurre— sino si el país tiene reservas energéticas, sistemas de irrigación operativos y redes de acueducto suficientes para absorberlo.
Los números primero: cuando 78% de la energía depende de la lluvia y las bocatomas municipales no tienen respaldo técnico, el riesgo climático se convierte en riesgo de infraestructura, es decir, en riesgo de inversión. No es un problema de pronóstico meteorológico sino de décadas de subinversión en captación, almacenamiento y redes de distribución que ningún ciclo de El Niño explica por sí solo.
Capital busca reglas claras y activos que funcionen; un acueducto sin bocatoma operativa o una matriz eléctrica sin respaldo térmico suficiente no son detalles técnicos, son pasivos ocultos que tarde o temprano paga el usuario, la empresa o el contribuyente. La lección de fondo para Colombia es que la resiliencia frente a fenómenos naturales recurrentes se construye con inversión en infraestructura, no se improvisa cuando el embalse ya bajó.

