La Cámara Chileno-Alemana de Comercio e Industria (AHK Chile), en colaboración con la Corporación Grande Pyme e Icare, presentó el martes un documento titulado «Una agenda para elevar la productividad: formación técnica, pymes y encadenamientos productivos». El texto consolida una serie de propuestas para la economía chilena basándose en el modelo Mittelstand, el entramado de empresas medianas que sostiene buena parte de la industria alemana.
El término Mittelstand designa, en el mundo empresarial alemán, el universo de pequeñas y medianas empresas que constituye el núcleo productivo del país: compañías con hasta 50 millones de euros de facturación anual y un máximo de 499 empleados. Más que un umbral estadístico, describe una forma de hacer empresa: propiedad familiar, planificación de largo plazo, financiamiento con recursos propios y especialización extrema en nichos de alto valor.
Esa apuesta por dominar segmentos acotados ha dado origen a los llamados «hidden champions» o campeones ocultos. Se estima que de las cerca de 2.700 empresas de este tipo que existen en el mundo, alrededor de 1.300 son alemanas. El peso económico del ecosistema es considerable: las Mittelstand generan alrededor del 80% del empleo privado en Alemania y cerca del 98% de las empresas exportadoras del país pertenecen a esta categoría, según The Wall Street Journal.
El espejo incómodo para Chile
A mayo de 2025, Chile contaba con 759.320 pequeñas y medianas empresas activas, controladas por casi dos millones de emprendedores que componen el 93,8% del tejido empresarial nacional, según datos del Banco Central. El INE calcula que estas empresas generan más de 6,4 millones de empleos, el 46,8% de los empleos dependientes formales.
La brecha aparece al mirar su participación en la economía. Datos del SII revelan que el sector concentra solo el 11,7% del total de ventas del país. Un universo enorme de empresas que emplea a millones de personas pero aporta una fracción reducida de la actividad económica.
Cornelia Sonnenberg, directora ejecutiva de AHK Chile, detalló las diferencias: «En Alemania las pymes aportan más del 20% de las exportaciones, más del 10% de las inversiones en I+D, y emplean más del 60% de los aprendices del sistema dual de formación técnica. En Chile, por su parte, se estima que las pymes solamente participan con el 4% en las exportaciones y muy pocas de ellas participan de proyectos de I+D».
Sonnenberg reconoció que las pequeñas empresas chilenas son «menos productivas, menos competitivas y menos avanzadas en términos tecnológicos que sus pares alemanas», aunque atribuyó parte de esa diferencia al distinto nivel de desarrollo de ambos países y a la extensa historia industrial de Alemania.
La lectura de Ágora Capital
El diagnóstico es claro: Chile tiene masa empresarial pero no densidad productiva. El Mittelstand no es un programa de gobierno; es el resultado de décadas de propiedad privada estable, formación técnica de calidad y reglas que no penalizan el largo plazo. Replicar sus resultados exige exactamente lo contrario de lo que suele ofrecer el aparato estatal: menos carga regulatoria, certeza jurídica para la empresa familiar y un sistema de formación dual que el sector privado lidere.
Capital busca reglas claras. Mientras las pymes chilenas operen en un entorno donde el 93,8% del tejido empresarial genera apenas el 11,7% de las ventas, el problema no es de escala sino de incentivos. El modelo alemán no se importa con un documento; se construye cuando el Estado deja de ser el principal obstáculo para crecer.

