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17 meses en pesimismo: la confianza empresarial de México se estanca y el indicador inversor no cruza los 50 puntos desde hace 15 años

La Encuesta Mensual de Opinión Empresarial del INEGI revela una paradoja persistente: los directivos son optimistas sobre sus propias empresas pero rechazan invertir, y ningún gobierno en tres lustros ha logrado revertirlo.
Imagen ilustrativa
martes 4 de agosto de 2026

Los números del INEGI publicados el 4 de agosto hablan solos. La Encuesta Mensual de Opinión Empresarial de julio muestra que el indicador global de confianza se ubicó en 48.2 puntos y acumula 17 meses consecutivos por debajo del umbral de los 50. El Indicador de Pedidos Manufactureros cerró exactamente en 50.0 puntos: sin señal neta de expansión ni de contracción.

La paradoja central es la brecha entre dos preguntas distintas. Cuando los directivos valoran la situación futura de su propia empresa, los resultados son sólidos: manufacturas en 56.2 puntos, con 271 meses consecutivos —más de 22 años— en terreno optimista; construcción en 60.2 y comercio en 57.7, ambos con 182 meses seguidos en positivo.

Pero cuando la pregunta cambia al momento adecuado para invertir, el contraste es drástico. Construcción registra 23.8 puntos, comercio 30.5, servicios 32.2 y manufacturas 32.9. La construcción lleva 182 meses consecutivos —15 años— respondiendo que no es momento de invertir; las manufacturas, 158 meses.

Según señala el columnista Enrique Quintana en El Financiero, la psicología ofrece una parte de la explicación: la «visión interna» lleva a los directivos a elaborar pronósticos excesivamente optimistas sobre sus propios proyectos, fenómeno documentado por Daniel Kahneman y Dan Lovallo. Rüdiger Bachmann y Steffen Elstner, con microdatos del IFO alemán, encontraron que una fracción relevante de empresas incurre de manera persistente en errores de pronóstico.

La brecha entre el «yo» y el «entorno» no es exclusiva de México. La encuesta de ejecutivos de la AICPA y el CIMA en Estados Unidos del segundo trimestre muestra que solo 32% es optimista sobre la economía de su país, mientras que 49% lo es sobre su propia organización. Pero en México destaca la duración: 15 años sin que un solo mes cruce el umbral inversor.

Hay un dato que complica la lectura simple. Durante el repunte de 2022 y 2023, la inversión fija bruta alcanzó máximos históricos con crecimientos anuales de dos dígitos en varios meses, mientras los directivos seguían declarando que no era momento de invertir. Esto sugiere, según Quintana, que el componente no anticipa necesariamente la conducta: registra una postura, una desconfianza estructural que se declara con cierta independencia de lo que las empresas hacen.

También hay un hecho político relevante: en estos 15 años de observaciones han gobernado cuatro presidentes de tres partidos distintos, y ninguno consiguió que el componente inversor cruzara los 50 puntos.

La lectura de Ágora Capital es directa. Una desconfianza inversora que sobrevive a cuatro administraciones y a ciclos de bonanza no es ruido estadístico: es el precio que paga una economía cuando el Estado de derecho, la certidumbre jurídica y las reglas del juego permanecen frágiles o impredecibles. El capital no necesita discursos; necesita contratos que se cumplan, energía disponible y un aparato regulatorio que no cambie las condiciones a mitad del partido.

Mientras el indicador global de confianza acumule 17 meses bajo 50 y el componente inversor siga anclado en los 30 puntos, la libre empresa mexicana operará en modo defensivo: administrando lo que tiene, no apostando por lo que podría construir. Esa es la verdadera pérdida: no la inversión que se hizo con pesimismo declarado, sino la que nunca llegó a evaluarse.

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