Los precios siempre han sido transitorios. Esa es la tesis central de un análisis de John Tamny publicado en Forbes, que desafía el consenso dominante sobre el papel de la Reserva Federal en la inflación de los primeros años de la década de 2020.
El argumento arranca con un ejemplo concreto: el costo de una llamada desde una cabina telefónica cayó a cero. Nadie atribuye ese desplome a la política monetaria de la Fed. Fue la división global del trabajo —entre manos, máquinas y mentes— la que eliminó las cabinas. Tamny usa esa imagen para sostener que ningún precio es permanente y que la caída de un precio implica, casi siempre, el alza de otro o la aparición de bienes antes inexistentes.
El texto cita el caso de Yale: en 1993, la matrícula era de 20.000 dólares. A medida que las llamadas telefónicas y la larga distancia se acercaron a cero, la riqueza liberada migró hacia bienes de oferta finita —suites de hotel, propiedades frente al mar, educación privada— y empujó esos precios al alza. El mecanismo no requiere intervención estatal; requiere mercados funcionando.
Desde ese marco, Tamny defiende la postura «transitoria» que adoptó la Fed tras los confinamientos por el coronavirus. Su argumento: los precios altos que siguieron al cierre de cadenas de suministro globales eran, por definición, transitorios, porque toda disrupción de la cooperación global que genera precios bajos es reversible. El error de la Fed, según el análisis, no fue el diagnóstico sino la velocidad prometida: «lo que tardó décadas en construirse no puede repararse en días, meses ni años».
El texto también cuestiona a quienes exigían que la Fed «interviniera» para evitar el alza de precios en 2019 y 2020. Tamny los llama «expertos» que nunca responden cómo manipular la tasa de fondos federales o la oferta monetaria recrea una cadena de suministro global desarticulada por decisiones políticas. La pregunta queda sin respuesta porque, sostiene, no la tiene.
El análisis menciona además que entre 2020 y 2023 el dólar se apreció frente a las principales divisas extranjeras y se mantuvo relativamente estable frente al oro, dato que usa para relativizar la narrativa de la «peor inflación desde los años setenta».
La lectura de Ágora Capital. El argumento de Tamny incomoda a dos bandos a la vez: a los progresistas que quieren un banco central omnipotente que administre el bienestar, y a los conservadores que convirtieron a la Fed en chivo expiatorio de cada ciclo de precios. Lo que el análisis pone sobre la mesa es más incómodo aún: si el banco central no puede controlar los precios que emergen de la cooperación global, tampoco puede «arreglarlos» con tasas más altas ni más bajas. El verdadero costo de los confinamientos no fue monetario; fue la destrucción deliberada, por decisión política, de la maquinaria de libre intercambio que mantenía los precios bajos. Esa es la factura que los contribuyentes pagaron, y la que ningún comité de política monetaria puede saldar.



