Los números primero. McKinsey proyecta que la inversión global en centros de datos alcanzará los $7 billones hacia 2030. Seis grandes hiperescaladores —Amazon, Microsoft, Alphabet, Meta, Oracle y SpaceX— concentrarán más de $1.3 billones de gasto de capital para 2027, según S&P Global.
El apetito no es especulativo. Steve Carlini, de Schneider Electric, lo resumió así: «Nos dan no solo un pronóstico, sino órdenes de compra. La demanda por estos centros de datos realmente existe y no hay especulación sobre quién va a ocupar estas instalaciones».
Ese flujo de capital privado ya se refleja en los balances. En el segundo trimestre de 2026, Schneider Electric registró un alza de 23% en ventas en Norteamérica, que impulsó ingresos globales récord. Vertiv elevó su previsión de crecimiento de ventas netas para 2026 a 31%, con una ganancia operativa que saltó 44% y una ganancia operativa ajustada de 51%. Eaton reportó un aumento de 41% en órdenes de su división Electrical Americas, con el backlog eléctrico total creciendo 43%.
El impulso también llega a los distribuidores. Insight Enterprises reportó un incremento de 65% en ganancias netas consolidadas, mientras Connection registró un alza de 33.8% en ingreso neto.
El límite de esta expansión no es el capital sino la energía. Según NEMA, los centros de datos representarán 38% del crecimiento neto del consumo eléctrico en Estados Unidos hasta 2037. Carlini estima que la capacidad instalada global de centros de datos llegará a unos 200 gigavatios en 2030, el doble de los aproximadamente 100 gigavatios actuales. McKinsey, más agresivo, proyecta que la capacidad global podría casi triplicarse en el mismo plazo.
La densidad energética por rack crece al mismo ritmo. Carlini señaló que se «duplicará casi cada año», con la hoja de ruta de infraestructura de Nvidia moviendo la potencia por rack de aproximadamente 227 kilovatios hacia 400 kilovatios. Una vez llegado el Rubin Ultra, dijo, la industria deberá migrar a distribución de corriente continua de alto voltaje, de 800 voltios. Schneider ya desplegó más de cuatro gigavatios de capacidad de enfriamiento líquido, cifra que crecerá con la llegada de sistemas como Blackwell Ultra y Vera Rubin, íntegramente refrigerados por líquido.
El mercado ya votó: son órdenes de compra en firme, no promesas de gobierno, las que mueven miles de millones hacia switchgear, refrigeración líquida y distribución eléctrica. Nadie subsidia este boom; lo financian hiperescaladores con caja propia apostando a que la demanda de cómputo de IA es real y sostenida.
El verdadero cuello de botella no es regulatorio ni fiscal, sino físico: generar y distribuir la electricidad que la nueva densidad de cómputo exige. Ahí es donde el capital privado —no el aparato estatal— está resolviendo el problema, con proveedores como Schneider, Vertiv y Eaton capturando el margen de una cadena de suministro que crece más rápido que la política energética que la rodea.



