Bladimir Vera Marín trabaja en un catálogo de plantas alimenticias que crecen en las seis regiones de Colombia. Su investigación ya ha caracterizado 1.800 especies, con información sobre usos, distribución y partes aptas para el consumo.
El punto de partida fue la inseguridad alimentaria. Según el DANE, alrededor de 12 millones de personas no tienen acceso a alimentos suficientes, seguros y nutritivos para cubrir sus necesidades. Vera explicó a EL COLOMBIANO que desde 2024 comenzó a mirar cuáles son las zonas con más alimentos en el país.
El investigador, candidato a doctor en Biología e integrante del Grupo de Estudios Botánicos de la Universidad de Antioquia, amplió después la búsqueda a todo Colombia. Sus fuentes clave han sido bases de datos de jardines botánicos y herbarios de diferentes ciudades.
Uno de los hallazgos más llamativos es que, aunque haya información de 3.800 plantas alimenticias en Colombia —en total habría 30.000 vegetales—, esos registros no siempre especificaban dónde crecen o se cultivan, cómo pueden emplearse al comer ni qué parte es apta para el consumo. El catálogo de Vera intenta llenar ese vacío.
De ese trabajo han surgido varias conclusiones. La Amazonía, la región Andina y la Pacífica concentran el mayor número de plantas alimenticias. En la Amazonía, además, hay información abundante sobre usos que no se limitan a frutas o verduras, sino también a condimentos, aceites y gomas.
Entre las especies más representativas figuran la Bactris gasipaes, conocida como chontaduro, y el Melicoccus bijugatus, o mamoncillo, presentes en varias regiones. También destacan en parte de la Amazonía las Annonaceae, como las guanábanas, las chirimoyas y el anón de monte.
Hay otro dato que deja preguntas abiertas: plantas muy comunes en la cocina, como la papa o el arroz, no aparecen en los registros revisados por Vera. El investigador considera que eso puede deberse a que se vuelven paisaje, tan utilizadas que ya no se perciben como plantas. También puede ocurrir lo contrario: especies registradas como alimento que en la vida real poco o nunca se consumen.
Vera atribuye parte de ese fenómeno a la globalización, al acceso desigual a determinadas especies y a una lógica económica simple: al cultivar, se prioriza lo que se vende. Ese mecanismo termina determinando lo que se consume y consolida un ciclo que se repite.
El dato de fondo es claro. En Colombia, la base de la alimentación son las plantas nativas: el 76,3% se han conservado y continúan creciendo de manera natural en las regiones del país. Esa cifra muestra que el capital biológico existe, pero no basta con conservarlo en el bosque o en los herbarios.
La lectura de mercado también es evidente. Cuando la producción se ordena solo por lo que deja margen, se empobrece la canasta y se desperdicia conocimiento local. Capital busca reglas claras: si hay biodiversidad útil y hambre al mismo tiempo, el problema no es de oferta natural, sino de organización económica y de acceso.
El desafío no es menor. Preservar estos alimentos exige ciencia, sí, pero también circulación, conocimiento y consumo. Si Colombia ya tiene miles de especies identificadas, el siguiente paso no debería ser seguir ignorándolas, sino convertir ese patrimonio en productividad alimentaria y seguridad para los hogares que hoy no alcanzan una mesa suficiente.