El poder ejecutivo de Estados Unidos dejará de reconocer la existencia de «artificial intelligence» en su comunicación oficial. A partir de ahora, sitios web, documentos de política pública y comunicados usarán solo «Super Intelligence», según una nueva orden ejecutiva firmada por Donald Trump.
Trump presentó el cambio durante un evento para anunciar el lanzamiento de America.gov. Allí dijo que «the word super is the best word of all, and it’s the simplest», y añadió que Xi Jinping «loves it» también. Según el presidente, no quiere oír «artificial» porque, afirmó, «it’s not artificial. It’s very powerful, it’s very brilliant».
El mandatario también sostuvo que la inteligencia artificial «is going to mostly be put to good use and we’ll stop the bad use». Más tarde, en una reunión con directivos de tecnología y funcionarios del gobierno en la Casa Blanca, Trump firmó la orden ejecutiva después de un almuerzo que calificó como «very productive» y «extremely friendly».
La directiva no obliga a cambiar regulaciones o documentos previos, pero sí marca un giro inusual en la forma en que el gobierno federal nombra una tecnología que ya ocupa el centro de la agenda regulatoria y empresarial. La administración busca además usar el término como reemplazo de una definición legal más amplia de IA, y espera que los funcionarios ni siquiera reconozcan el uso de «artificial intelligence» o «AI» en contextos relevantes.
En paralelo, Trump defendió una idea de autocontrol del sector. «There’s a belief that there should be tremendous self-regulation», dijo, y agregó que el aparato federal ya cuenta con vigilancia a través del Departamento de Justicia y el FBI. También sugirió que, en el plano local, las empresas tendrán que «work to make the community happy» aportando recursos y apoyo económico para levantar centros de datos.
La movida importa porque muestra una Casa Blanca dispuesta a intervenir en el lenguaje antes que en la sustancia. Cambiar el nombre no reduce el riesgo ni aumenta la productividad por sí solo; solo reordena el marco político con el que se discute una tecnología que moviliza capital, datos e inversión.
Para el mercado, la señal es clara: el gobierno de Trump prefiere un relato favorable a la expansión de la industria y menos fricción regulatoria. Capital busca reglas claras, no eslóganes. Si el Estado decide rebautizar una tecnología, el debate de fondo sigue intacto: quién asume el riesgo, quién fija los límites y quién paga cuando el entusiasmo supera la prudencia.

