James McCrery II se retiró del proyecto del salón de baile de la Casa Blanca el pasado octubre, después de advertir repetidamente que el diseño preliminar no ofrecía rutas adecuadas de salida de emergencia ni medidas de contención de incendios, según personas que hablaron bajo condición de anonimato para describir conversaciones privadas.
Esas mismas personas dijeron que Trump desestimó las objeciones y sostuvo que no aplican códigos de construcción al edificio de la Casa Blanca. En ese contexto, la fuente atribuye a Trump la frase: «Yo soy el código».
La Casa Blanca, por su parte, dio garantías de que el nuevo salón de baile se está construyendo de acuerdo con todos los códigos de incendio y seguridad.
El episodio deja una señal incómoda para cualquier obra pública o institucional: la seguridad no es un detalle decorativo, y mucho menos en un inmueble de alto perfil financiado y administrado dentro del aparato estatal. Cuando se discuten salidas de emergencia y contención de incendios, el margen de error no admite caprichos ni atajos.
Para el contribuyente y para la propia Casa Blanca, el punto central no es la frase viral, sino la disciplina que exige cualquier proyecto serio. Capital busca reglas claras. Y en una construcción de esta visibilidad, la regla más básica sigue siendo la misma: el código no debería depender del humor del poder, sino de estándares verificables.



