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Piccolo, 47 metros y $180.000 que convirtieron la pizza en negocio familiar en Medellín

La apuesta de Carlos Arturo Jiménez abrió sus puertas el 9 de febrero de 1977 en El Poblado y terminó por sumar otra industria a la mesa de Medellín. Hoy la marca factura alrededor de $23.000 millones y sigue integrando producción, empleo y distribución.
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domingo 4 de octubre de 2026

Pizzas Piccolo empezó en un local de 47 metros cuadrados en la carrera 43 B, en El Poblado, con una inversión de $180.000. La idea nació en 1976, cuando Carlos Arturo Jiménez, conocido como Kalín, buscó en los clasificados de EL COLOMBIANO un lugar para montar una nueva vida empresarial tras regresar de Estados Unidos.

El 9 de febrero de 1977 abrió sus puertas Pizzas Piccolo. Medellín era entonces una ciudad en la que la pizza no hacía parte de la rutina gastronómica de las familias, y el negocio terminó por convertirse en una marca recordada de la ciudad. María Cristina Jiménez, una de las hermanas que vio crecer la empresa, recordó que la apuesta era que los paisas conocieran ese producto y que además fuera un negocio para trabajar toda la familia.

La historia de la compañía también estuvo ligada al empleo. Los hermanos trabajaban allí y, según María Cristina, jóvenes de colegio y universidad encontraron en Piccolo una posibilidad poco habitual para la época: estudiar y trabajar al mismo tiempo. El restaurante además rompió con costumbres de la Medellín de finales de los años setenta, con música estadounidense, jóvenes reunidos en el lugar y familias que empezaron a salir de sus casas para comer pizza.

La expansión llegó después del primer local en El Poblado. Más tarde abrieron la sede de la 70 y otros puntos en Medellín, Cartagena, Pereira y Barranquilla. La empresa también fue consolidando una operación más integrada: en 1986, según la historia familiar, Kalín adquirió la empresa Tivoli, proveedora de las carnes frías utilizadas en las pizzas.

María Cristina afirmó que la compañía produce prácticamente la mayoría de los ingredientes. La empresa llegó a producir jamón, salami, pepperoni, cábano, liso y tocineta, además de queso. También conserva una huerta donde cultiva tomates y otras hortalizas. Esa integración productiva se convirtió en parte de la identidad del negocio.

La compañía enfrentó golpes duros. En 1995 murió Kalín y dos años después murió Jairo. Entonces, María Cristina, economista de la Universidad de Medellín, asumió un papel central en la conducción de la empresa. En 2008 reunió los procesos productivos y administrativos en el edificio Piccolo, donde hoy se concentran plantas de producción, logística y administración.

La marca también llegó a supermercados con productos congelados, además de mantener la producción propia de cárnicos y pastas. La historia familiar señala que Piccolo ha jubilado a más de 150 trabajadores y que durante su trayectoria ha generado miles de empleos.

Los números primero. Piccolo no solo vendió pizza: organizó capital, trabajo e integración de insumos en una operación que sobrevivió medio siglo y creció sin perder control familiar. En un país donde tantas empresas dependen del favor regulatorio o del consumo momentáneo, el valor de este caso está en la disciplina productiva y en la creación de empleo sostenido.

Capital busca reglas claras. Cuando una compañía logra producir, distribuir y sostener marca durante décadas, el mérito empresarial queda a la vista. La señal es simple: la libre empresa genera arraigo, inversión y oportunidades mucho más estables que cualquier discurso sobre desarrollo administrado desde la burocracia.

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