En poco menos de siete meses de gobierno, Iván Poduje, Fernando Barros, Judith Marín, Martín Arrau y, en su momento, Jorge Quiroz han tenido desavenencias con la presidenta del Senado, Paulina Núñez (RN). Sus últimas críticas al Ejecutivo, al pedir «realismo legislativo» y una «cirugía mayor» ante un «déficit político», molestaron en Palacio y obligaron a responder al ministro del Interior y la Segegob, Claudio Alvarado (UDI), y al de la Segpres, José García Ruminot (RN).
«Decirle al presidente de la República qué es lo que tiene que hacer no me parece», dijo Alvarado. García, en cambio, señaló que no comparte la idea de déficit político, pero valoró el papel de la legisladora.
Ese choque no parece casual. Núñez ha capitalizado la presidencia del Senado y elevado su protagonismo público cuando le faltan poco más de cinco meses para dejar el cargo. Quienes la conocen desde su llegada a la Cámara Baja en 2014 dicen que su estilo y su ímpetu no son una sorpresa.
La senadora suele fijarse metas altas. Al llegar a la Cámara Baja, cuando la centroizquierda había doblado en la senatorial de Antofagasta, le dijo a Carlos Larraín que en ocho años más recuperaría el cupo para RN. En 2022, lo logró. Ahora es la primera mujer de derecha en la presidencia del Senado, y en su partido no es un misterio que mira de reojo a La Moneda.
Piñerista, exseremi, nortina, abogada, hija de militar y representante del ala liberal de RN, se ha declarado partidaria de la antigua política de los acuerdos. Incluso ha dicho que tendría que «nacer de nuevo» para renunciar al diálogo. El problema, para su sector, es que sus guiños a la oposición suelen incomodar a la propia derecha.
Núñez ha defendido una lógica de «lealtad con autonomía» y de «quiero ayudar al gobierno a ayudarse». En la práctica, eso le ha permitido moverse como aliada proactiva del Ejecutivo sin renunciar al contrapeso institucional. De hecho, durante la discusión de la megarreforma económica presionó públicamente a Quiroz para no apurar el tranco en el Senado. Finalmente, el jefe económico aceptó una mesa de diálogo, luego de una reunión dominical en su casa.
Aunque esa mesa no produjo un gran acuerdo, sí ayudó a calibrar ajustes y hacer concesiones a la oposición. Desde entonces, Núñez y Quiroz mantienen una amistad política. En privado, ella se ha declarado «quirocista» y públicamente se ha comprometido a sacar lo más rápido posible toda iniciativa del Ministerio de Hacienda.
Su papel también se ha hecho notar en otras materias. Uno de sus primeros gestos públicos fue presionar a La Moneda para reactivar Sala Cuna Universal, proyecto que había sido congelado por el equipo de Kast a la espera de revisar su financiamiento. Tras meses de evaluación y presiones, el Ejecutivo se allanó a reactivar el debate.
En seguridad, fue una de las primeras en advertirle a Arrau que era un error la reforma constitucional que trabajaba el gobierno. Lo dijo en privado y luego lo reiteró públicamente cuando la propuesta se presentó.
Incluso se reunió con Franco Parisi y con algunos diputados del PDG para sellar una alianza instrumental. Como ese partido no tiene senadores, Núñez se ofreció a ser su enlace en la Cámara Alta. Ese acercamiento está congelado, pero podría tener proyección electoral en Antofagasta hacia 2030.
La lectura de fondo es clara: Núñez no actúa como una figura decorativa, sino como una presidenta del Senado que usa su capital político para empujar negociaciones y marcar límites. Para un gobierno que necesita votos y reglas claras, ese contrapeso puede ser incómodo, pero también útil cuando el aparato estatal requiere acuerdos para avanzar.
El mercado político, al final, premia a quienes entienden que el poder no se ejerce solo desde la disciplina, sino también desde la capacidad de ordenar mayorías. Y en un Senado fragmentado, la senadora de RN ha dejado claro que el costo de ignorarla puede ser mayor que el de sentarse a negociar.


