Juan Sebastián Montes asumió en julio como decano de la Escuela de Negocios de la Universidad Adolfo Ibáñez, tras pasar trece años en Estados Unidos y trabajar como profesor asociado de la Carroll School of Management de Boston College. Antes, fue abogado de la Universidad de Chile, estudió Filosofía, realizó un doctorado en Administración y Dirección de Empresas en IESE Business School, y ha sido académico, ejecutivo, consultor, emprendedor e intendente de la Región de Los Lagos entre 2010 y 2012.
Desde esa trayectoria, Montes sostiene que la educación superior chilena sigue atada a un modelo rígido y demasiado especializado, pese a que la tecnología y el mercado laboral exigen trayectorias más flexibles. Su diagnóstico es claro: «la idea de que una persona estudia una profesión y queda limitada solo a esa área ya no corresponde al mundo actual».
En la UAI, esa lectura se traduce en el concepto de «flexhabilidad», una formación que combina habilidades fundamentales con una estructura curricular abierta. Montes explica que la idea busca reducir la sobrecarga de asignaturas específicas para abrir espacio a especializaciones, electivos y conexiones con otras disciplinas. Ingeniería Comercial, dice, ofrece más de 20 salidas que permiten acercarse a áreas como diseño, derecho, ingeniería, analítica de datos o inteligencia artificial.
El ejecutivo también defiende un lugar central para las Artes Liberales. A su juicio, una base común debe permitir que un estudiante de ingeniería lea, resuma, interprete gráficos, escriba, se exprese oralmente y escuche posiciones distintas. Esa formación, agrega, desarrolla pensamiento crítico y capacidad de abstracción a través de la filosofía, la historia, la literatura y las ciencias.
Montes plantea además que la inteligencia artificial obliga a reforzar el criterio humano. Según explica, cuando hay pensamiento crítico se puede interactuar con la IA de igual a igual; cuando no lo hay, se produce una «exportación cognitiva», es decir, se le traspasa a la máquina la función de pensar. Por eso, dice, los alumnos deben usarla, pero también aprender a preguntar de dónde provienen los datos y si las conclusiones son correctas.
La discusión no es menor para un país que sigue premiando carreras largas y cargadas de contenidos específicos. Si la universidad insiste en producir profesionales encerrados en una sola especialidad, corre el riesgo de fabricar títulos con menos valor de mercado en una economía que cambia más rápido que los planes de estudio.
El mercado ya votó: lo que pide no es más burocracia curricular, sino más productividad, adaptabilidad y capacidad de aprendizaje. Capital busca reglas claras, y en educación eso significa formar personas capaces de moverse entre disciplinas sin depender de un molde único. La flexibilidad, en este caso, no es una consigna progresista: es una condición para competir.


