NUEVA YORK.- Javier Milei salió de la asamblea general de la ONU con un mensaje de optimismo económico y una frase que marcó la jornada: sostuvo que a los argentinos «los dólares nos salen por las orejas».
Ante una consulta en la calle, entre una actividad y otra, el Presidente insistió en que la economía enfrenta una «superabundancia» de dólares. Lo explicó así: «Nuestro problema es que si compramos tantos dólares, se nos escapa la tasa de inflación. Y si los esterilizamos, se escapa la tasa de interés».
Con el ministro de Economía, Luis Caputo, a su lado, Milei agregó que la Argentina lleva «28 meses consecutivos de crecimiento» y que, si se mantienen las proyecciones de mercado, el país estaría «entre 18% y 20% en los cuatro años».
En la misma ronda de declaraciones, el Presidente también presentó al país como «la nueva tierra prometida» de las inversiones. La frase resume el esfuerzo oficial por convertir la mejora macroeconómica en un argumento de captación de capitales externos.
Milei sumó además una comparación con gobiernos anteriores: «Si yo fuera peronista y le pusiera pauta a los medios, la mitad de las calles llevarían mi nombre», dijo al hablar de la relación entre política y propaganda.
La escena tuvo otro detalle simbólico: Milei usó una corbata rayada, poco habitual en él. Según contó al salir del discurso, la prenda perteneció a Milton Friedman. «Tengo entendido que se la regaló Milton Friedman», dijo el Presidente, y agregó: «Esto es una declaración, yo nunca uso corbatas rayadas».
A su lado sonreía Caputo, a quien Milei le dijo «dale, te toca laburar» cuando una cronista preguntó por el resultado de una reunión con inversores. Pero el jefe de Estado terminó monopolizando la palabra.
El fondo del mensaje es claro: el Gobierno quiere que el mercado lea estos datos como señal de continuidad y de retorno para el capital. Si la Argentina realmente está en una senda de crecimiento sostenido, la política económica deberá convertir ese relato en reglas previsibles, crédito y menor riesgo país.
También hay una advertencia implícita. Cuando el Estado interviene para absorber dólares, esterilizar liquidez o sostener el sesgo de corto plazo, aparece el viejo costo de la burocracia sobre la inversión. Capital busca reglas claras; sin eso, cualquier euforia dura menos que una rueda de mercado. El mercado ya votó, pero todavía falta que la productividad haga el trabajo pesado.



