México enfrenta una negociación que ya no cabe en el vocabulario clásico del comercio. La discusión con Washington gira hoy, según la columna, entre aranceles, seguridad y la revisión estatutaria anual del T-MEC.
Arturo Sarukhan sostiene que la estrategia de Sheinbaum ha consistido en intercambiar concesiones tácticas en seguridad y migración por la continuidad del T-MEC y un alivio arancelario. Esa ruta, dice, ha servido para ganar tiempo, pero no alcanzará para lo que viene.
El primer cambio, plantea, es de lenguaje. Durante más de tres décadas, México negociaba con conceptos como «comercio basado en reglas», «reglas de origen» y «cadenas de suministro integradas». Ese léxico ya no mueve la aguja en Washington. Ahora, el argumento debe girar alrededor de la seguridad norteamericana.
Sarukhan propone pedir alivio para el acero o aluminio no como una concesión arancelaria, sino como defensa de una base industrial norteamericana. También sugiere discutir las reglas de origen automotrices como blindaje frente a la penetración china. Y clasificar las cadenas de suministro por perfil de riesgo: tecnologías de doble uso, infraestructura crítica, alimentos y medicamentos.
En esa lectura, México debería empaquetar todo bajo una arquitectura trilateral de seguridad económica. Ahí cabrían, según la columna, la coordinación en escrutinio de inversiones, minerales críticos, semiconductores y energía. La idea central es que la prosperidad compartida sólo se sostendrá si se ancla en la seguridad compartida.
La segunda pista es interna. Sarukhan pide al gobierno un inventario exhaustivo de los puntos de estrangulamiento estratégicos que México tiene frente a EU. Menciona el dólar, las exportaciones de energía, los chips, los minerales críticos y los modelos de inteligencia artificial como palancas posibles en una era donde la interdependencia se usa como arma.
No plantea activarlas hoy. Plantea conocer cuánto pesa cada una, qué costo tendría usarlas y en qué secuencia podrían aplicarse: de la señalización a la medida calculada y, al final, a lo estructural. La credibilidad, afirma, depende de que detrás exista un mapeo serio.
La lectura de fondo es incómoda, pero necesaria. Si México quiere dejar de ser visto como el eslabón débil, necesita disciplina estratégica, no consignas. En un entorno donde el Estado de seguridad de Washington pesa más que la vieja gramática comercial, la libre empresa y la industria mexicana sólo ganan espacio si el gobierno entiende que la negociación también es poder.
Capital busca reglas claras. Aquí la regla es otra: quien no traduce su peso económico en influencia política termina pagando el costo de decisiones ajenas. México todavía tiene margen. Pero ese margen se erosiona si la respuesta sigue siendo defensiva y tardía.

