México ha respondido a las presiones comerciales de Donald Trump con un discurso de soberanía y unión nacional, pero en los hechos ha aceptado una serie de exigencias de Estados Unidos, de acuerdo con la columna de opinión de Jorge Molina Larrondo.
Entre los cambios mencionados está el aumento de aranceles de entre cinco y 50% a 1,463 fracciones de países con los que México no tiene tratado comercial. La medida se tomó cuando 24% de los insumos y bienes intermedios usados para producir provenían de esas naciones, y fue aplicada bajo la presión del Representante Comercial de Estados Unidos, el USTR, que busca reducir la presencia china en las cadenas de suministro regionales.
La columna también señala las modificaciones propuestas por Sheinbaum a la Ley de Inversión Extranjera. Esos cambios incorporarían a las secretarías de Defensa, Marina y Seguridad a la Comisión Nacional de Inversiones Extranjeras y sumarían la seguridad nacional como criterio para aprobar proyectos en territorio mexicano. El texto vincula esa ruta con una propuesta presentada en septiembre del año pasado por los senadores Dave McCormick y Catherine Cortez Masto, que instruye al USTR a impulsar en el T-MEC un mecanismo para filtrar inversiones chinas en México y Canadá.
En contraste, la columna cita a Mark Carney, quien dijo el 22 de agosto que Canadá se levantó de la mesa de negociación porque Washington quería que Ottawa aplicara aranceles y otras medidas proteccionistas de acuerdo solo con los intereses de Washington. Carney sostuvo que su gobierno no renunciaría a diseñar políticas que le convengan a su país.
El contraste político también se refleja, según la columna, en el trato de Trump. Dice que habla de Sheinbaum como una mujer agradable que le cae muy bien, mientras que a Carney lo llama «el gobernador del estado 51 de la Unión Americana». También recuerda que, durante su primer mandato, Merkel y Trudeau fueron los únicos que lo enfrentaron y contradijeron.
La columna define soberanía como la capacidad de un Estado para gobernarse a sí mismo sin depender de otro poder externo. Bajo esa definición, aceptar sin chistar políticas comerciales de otras naciones, sin medir sus consecuencias, equivale a una pérdida de soberanía en el terreno comercial.
El punto de fondo no es solo diplomático. Si México sigue aceptando las imposiciones del USTR, la economía puede convertirse en una proveedora de insumos y bienes de bajo valor agregado, mientras Estados Unidos lo ve como competidor en sectores estratégicos como el automotriz y como una amenaza que triangula productos chinos. Eso limita el crecimiento, la productividad y el margen de capitalización de largo plazo.
Para el mercado, la señal importa: cuando el Estado renuncia a defender con claridad sus intereses comerciales, deja más expuesta a la libre empresa local a reglas cambiantes dictadas afuera. Los números primero: sin reglas claras y sin soberanía efectiva, el costo termina recayendo sobre inversión, empleo y competitividad.
