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La IA podría aportar entre US$36.432 millones y US$67.224 millones al año a Chile, según un estudio usado por Kast

El informe citado por el Presidente en la ONU estima un potencial de entre 10,9% y 20% del PIB, pero advierte que hoy solo el 5% de las empresas chilenas ha incorporado inteligencia artificial. Sin adopción masiva, el beneficio se reduciría drásticamente.
jueves 24 de septiembre de 2026

El Presidente José Antonio Kast utilizó en su discurso ante Naciones Unidas un estudio de Foresight Consultores, parte de la iniciativa AI Sprinters de Google, para dimensionar el impacto de la inteligencia artificial en la economía chilena. En su alocución, Kast dijo que la IA «puede significar un crecimiento del 10% o el 20% de nuestra economía».

La Moneda aclaró después que la referencia apuntaba al potencial económico anual de la tecnología, no a una proyección de crecimiento del PIB. Según esa precisión, la inteligencia artificial podría generar entre US$36.432 millones y US$67.224 millones anuales para la economía chilena, equivalente a entre 10,9% y 20% del PIB, como estima el informe citado por el Mandatario.

El propio estudio pone una condición clave sobre la mesa: la adopción. Hoy, solo un 5% de las empresas chilenas ha incorporado la IA a sus operaciones. Si ese nivel no mejora, advierte la investigación, el beneficio económico se reduciría drásticamente y quedaría muy por debajo de lo necesario para impulsar la economía del país.

El informe también ubica las mayores oportunidades de crecimiento en servicios financieros, comercio y manufactura, sectores que en conjunto podrían aportar más del 65% del impacto total. A eso se suman minería, agricultura, energía y salud, donde la IA puede ayudar a aumentar la productividad y reducir costos.

La lectura de fondo es clara: la oportunidad existe, pero no se materializa sola. El mercado ya votó por la inteligencia artificial como una tecnología de capitalización rápida, pero el retorno depende de reglas claras, inversión y adopción empresarial. Si solo un 5% de las compañías ha dado el paso, el riesgo no está en la innovación, sino en la lentitud para capturarla.

También hay una señal para el Estado. Cuando una herramienta capaz de mover decenas de miles de millones al año depende de la capacidad de empresas para incorporarla, la burocracia no puede seguir operando como freno. La productividad no mejora con discursos; mejora cuando el aparato institucional deja espacio a la libre empresa para tomar decisiones y escalar.

En ese sentido, el debate de fondo no es si la IA entusiasma o incomoda. Es si Chile va a permitir que el capital encuentre un marco favorable para invertir, automatizar y competir, o si la oportunidad se diluye entre rezagos regulatorios y baja adopción. Capital busca reglas claras; sin eso, el potencial se queda en el papel.

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