Un diente de capibara hallado en el desierto de Atacama está obligando a mirar distinto una de las regiones más secas de la Tierra. El fósil, un tercer molar superior, pertenece a Cardiatherium, un género extinto y pariente histórico de los capibaras modernos, según el estudio publicado en Scientific Reports.
El ejemplar tiene 8,8 millones de años y fue encontrado en la Formación Bahía Inglesa del Neógeno, incrustado en una piedra arenisca. La autora principal, Priscilla Martínez, geocientífica de la Universidad de Arizona, dijo que encontrar un diente de capibara en un depósito marino de una de las regiones más secas de la Tierra es «simplemente asombroso».
La clave está en el contexto geológico. Aunque hoy el Atacama es un desierto de escasa humedad, el estudio plantea que en el pasado era un ecosistema muy húmedo y lleno de vegetación. Eso habría ocurrido durante el Mioceno tardío. Antes ya se habían encontrado fósiles de peces y cocodrilos de agua dulce en el lugar, una pista de que el ambiente era muy distinto al actual.
Junto con el diente, el equipo encontró pequeños fragmentos de sílice llamados fitolitos. Según el trabajo, esa evidencia apunta a la presencia de plantas como palmeras, jengibre y otras especies con flores que absorbían agua dulce subterránea. El equipo incluyó a los chilenos Mario Suárez y Catalina Carreño, de la Universidad de Chile.
Para Mark Clementz, profesor de paleobiología y jefe del Departamento de Geología y Geofísica de la Universidad de Wyoming, el hallazgo respalda la idea de una comunidad ecológica suficientemente grande como para sostener poblaciones de capibaras a largo plazo. Clementz también sostuvo que este animal, «que creo que todos estaremos de acuerdo en que no es un animal del desierto en absoluto», pondrá en tela de juicio muchas ideas sobre la historia del Atacama.
Martínez fue más allá y remarcó que el descubrimiento muestra cuán sensibles son los desiertos a los cambios climáticos. Cuanto mejor se entiendan esas variaciones, incluidas las de la intensidad de los monzones de un año a otro, mejor se podrá predecir su evolución a largo plazo, afirmó. También agregó que comprender los cambios climáticos del pasado, sin intervención humana, ofrece una base para entender cómo el clima puede evolucionar con la presencia de las personas.
Los números primero: un fósil de 8,8 millones de años cambia la lectura de un territorio que hoy parece inmutable. El mercado ya votó en otra parte, pero la ciencia vuelve a recordar que los paisajes también dependen de reglas de fondo: agua, vegetación y tiempo.
Capital busca reglas claras. Y aquí la regla que emerge es incómoda para cualquier visión rígida del clima o del territorio: incluso los desiertos cambian. Entender esos ciclos no es un ejercicio académico menor; es información esencial para anticipar riesgos y planificar con más productividad, menos dogma y más evidencia.

