El mercado cafetero chileno dejó de ser un nicho y pasó a convertirse en un negocio con más capas, más inversión y más competencia.
Camilo Vásquez, que trabajaba como barista con un sueldo de $ 380 mil, dejó su empleo en 2013 después de concluir que no le alcanzaba para vivir. Con cerca de $ 500 mil ahorrados, cambió su plan de estudiar minería en Canadá y compró una máquina espresso usada. Luego pidió un préstamo de $ 1 millón a su madre para dar clases de barista en barrio Italia.
Lo que empezó con una docena de alumnos terminó empujándolo a abrir Singular Coffee en Providencia, tras pedir otro préstamo a sus padres. En paralelo, Jake Standerfer y Heidi Philips habían abierto Coffee Culture en Maipú, tres años antes, cuando todavía eran pocos los dueños de cafeterías de especialidad.
Standerfer recuerda que en Chile dominaban el café Haití, Caribe, Lavazza o Segafredo, además de cafés para oficinistas y cafés con piernas. Dice que los primeros años fueron difíciles y que llegó a celebrar cuando vendía $ 30 mil al día. El giro tomó tiempo: entre seis y ocho años, según su experiencia, para que las raíces del café de especialidad penetraran en los consumidores chilenos.
La industria se ordena hoy en tres olas. La primera masificó el café para el consumo doméstico; la segunda introdujo experiencia y nuevos espacios; la tercera puso el foco en el origen y la calidad del producto. En Chile, esa segunda ola fue impulsada por marcas como Starbucks y Juan Valdez, instaladas a principios de los 2000, con cafeterías que ofrecían sillones, espacios de trabajo y nuevas bebidas.
Vásquez dice que esas empresas pavimentaron el camino para nuevos negocios. Con el tiempo, el crecimiento fue más rápido y en 2015 abrió una segunda sucursal. Standerfer, por su parte, vio un impulso fuerte entre 2016 y 2018, cuando también crecieron las cafeterías, las tostadurías y el interés por ser barista.
Acorde a Euromonitor, entre 2011 y 2018 el consumo de café en Chile aumentó un 175%.
Jean Paul Quinteros, economista de la Universidad Central, sostiene que la industria se renovó y amplió: las cafeterías ya no solo venden café, sino también su propio grano, lo tuestan y apuestan por el diseño como parte del negocio. Según Quinteros, los consumidores empezaron a refinar su gusto y a estar más dispuestos a pagar más por mejor calidad.
Ese cambio importa porque muestra cómo se crea valor cuando el mercado deja de competir solo por volumen y empieza a competir por producto, servicio y experiencia. Ahí aparece margen, capitalización y especialización. Capital busca reglas claras, pero también demanda clientes dispuestos a pagar por algo mejor.
También hay una lectura de libre empresa: el avance no vino de un plan estatal, sino de emprendedores que asumieron riesgo, invirtieron en equipos, formación y locales, y empujaron un rubro nuevo hasta volverlo más amplio. Los números primero. Cuando el consumidor premia la calidad, el mercado vota por productividad.



