La economía de la IA avanza más rápido que la preparación de las plantillas. Jay Bavisi, fundador, presidente y director ejecutivo del grupo de EC-Council, sostiene que las organizaciones están invirtiendo con fuerza en inteligencia artificial mientras dedican mucha menos atención a las capacidades laborales necesarias para usarla bien.
McKinsey, en un informe publicado este año, encontró que el 88% de las organizaciones usó IA en al menos una función de negocio en 2025, y que esa cifra sigue aumentando. Bavisi afirma que, en conversaciones con ejecutivos, líderes de seguridad y equipos tecnológicos, observa una adopción acelerada de IA al mismo tiempo que persisten dificultades para desarrollar las habilidades y la preparación operativa requeridas.
El punto de fondo no es la sustitución masiva del trabajo, sino el valor que ese trabajo captura en un entorno distinto. Bavisi dice que la IA está transformando el valor del trabajo más rápido de lo que está eliminando empleos. Como ocurrió con internet y la computación en la nube, la IA está reconfigurando las habilidades que generan valor económico, pero a un ritmo que obliga a repensar el desarrollo del talento, la preparación operativa y la competitividad de largo plazo.
Según su planteamiento, el éxito en la economía de la IA dependerá menos de qué tan rápido una organización despliegue herramientas y más de si su gente puede usarlas con juicio, responsabilidad y contexto. La idea es simple: la automatización puede acelerar tareas rutinarias, pero el criterio humano sigue siendo central para evaluar resultados, detectar sesgos y decidir cuándo una salida es incompleta o errónea.
Bavisi pone un ejemplo claro: un analista de seguridad puede usar IA para resumir inteligencia sobre amenazas, identificar patrones en grandes volúmenes de datos y priorizar investigaciones con mayor rapidez. Pero eso no elimina la necesidad de juicio humano. Para él, las cualidades que crean valor dentro de las organizaciones están cambiando, y ahora incluyen responsabilidad, razonamiento ético, conocimiento sectorial y la capacidad de reconocer límites en las respuestas generadas por IA.
También advierte que muchas empresas siguen tratando la IA como una iniciativa puramente tecnológica. Con esa visión, las inversiones se concentran en herramientas, plataformas y calendarios de despliegue, mientras el desarrollo de la fuerza laboral recibe menos atención. Bavisi cita además una encuesta de EY de 2025 que encontró que las organizaciones podrían estar perdiéndose hasta el 40% de los posibles beneficios de productividad de la IA por fallas en la estrategia de talento y en la preparación del personal.
La implicación empresarial es directa: la IA no solo afecta a los equipos técnicos. Impacta operaciones, finanzas, cumplimiento, recursos humanos, experiencia del cliente y decisiones ejecutivas. Por eso Bavisi plantea que los empleados no necesitan convertirse en ingenieros de IA, pero sí entender lo suficiente para usarla con responsabilidad dentro de sus funciones y saber cuándo debe intervenir un humano.
Desde la óptica de mercado, el mensaje es claro. La productividad prometida por la IA no cae del cielo: exige disciplina, reglas internas y capital humano preparado. Cuando una empresa compra software pero descuida la capacidad de su gente, el retorno se erosiona y el riesgo país corporativo sube dentro de la propia operación.
El mercado ya votó: la IA será ventaja para quienes la conviertan en productividad real, no en gasto tecnológico mal absorbido. Capital busca reglas claras. Sin entrenamiento, visibilidad y responsabilidad, la promesa de eficiencia puede terminar como más burocracia digital y menos margen.