Ed Sheeran canceló sus conciertos previstos para el 25 y 26 de septiembre en Gillette Stadium, en Foxborough, Massachusetts.
La decisión se tomó por las advertencias de clima severo en Boston y en toda Nueva Inglaterra durante el fin de semana, luego de consultar con autoridades locales, según el promotor de la gira, Messina Touring Group. La empresa dijo que la prioridad fue «la seguridad de los fans, el personal y todos los involucrados en los shows».
Gillette Stadium repostó el comunicado y señaló que los reembolsos están disponibles en el punto de compra. La versión de Al Jazeera añade que Ticketmaster emitirá reembolsos automáticos para los tenedores de boletos.
La cancelación ocurre mientras la gira de Sheeran sigue bajo presión por el caso de Macklemore, uno de los actos de apertura que fue retirado del recorrido tras sus comentarios «Free Palestine» en dos conciertos de MetLife Stadium. Fox News y Hollywood Reporter señalan que Robert Kraft, dueño de Gillette Stadium, objetó esos comentarios y dijo que no eran bienvenidos por considerarlos «hate speech».
Macklemore, por su parte, sostuvo que Kraft había reunido a otros dueños de estadios y que le dijo a Sheeran que, si el rapero seguía en la gira, el artista no podría tocar en esos recintos. Messina Touring Group comunicó después, el 14 de septiembre, que Macklemore no seguiría en las fechas restantes porque varios venues no permitirían los conciertos con él en la alineación.
Hollywood Reporter agregó que otros actos de apertura, entre ellos Finneas O’Connell, Lukas Graham, Beoga y Aaron Rowe, también dejaron la gira. Al Jazeera informó además que varios artistas anunciaron que se apartarían en solidaridad con Macklemore.
La caída de las fechas en Gillette no cambia el dato central: la cancelación obedeció al clima. Pero el episodio deja al descubierto otra discusión más amplia sobre quién controla los escenarios, qué discursos se toleran y hasta dónde llega el poder de los dueños de estadios para fijar condiciones políticas en espectáculos masivos.
Desde la óptica del mercado, el costo no lo pagan solo los promotores. Lo pagan también los fans con boletos reembolsados, los artistas con fechas perdidas y la cadena de valor que depende de una gira sin sobresaltos. Cuando la política entra al escenario, la productividad del espectáculo cae y el margen se achica.
Capital busca reglas claras. La industria del entretenimiento necesita previsibilidad, no ultimátums cruzados ni conflictos que terminen empañando la venta de entradas. El mercado ya votó: cada interrupción resta valor, erosiona confianza y encarece cualquier operación que dependa de públicos masivos.
