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Biblioteca Trasandina: 25 cruces de lectura entre Santiago y Buenos Aires que activan intercambio cultural

Malba y el Centro Cultural Palacio de La Moneda lanzaron un programa que pone en circulación libros, autores y editoriales de ambos países. La apuesta no crea una biblioteca tradicional: arma una red de intercambio con envío anual de títulos y materiales.
Imagen generada con IA
domingo 27 de septiembre de 2026

La Biblioteca Trasandina nació de un trabajo colaborativo entre el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, Malba, y el Centro Cultural Palacio de La Moneda, CCPLM.

La iniciativa busca poner en valor la producción editorial de ambos espacios culturales y generar una circulación de libros entre Santiago y Buenos Aires. Alejandra Valenzuela, directora ejecutiva del centro cultural desde junio de este año, dijo que la propuesta pretende abrir y potenciar ese intercambio, porque las publicaciones, los autores y las editoriales no circulan tanto como podría pensarse.

No se trata de una biblioteca tradicional. Valenzuela la definió como una biblioteca que se construye a partir del intercambio de libros y autores entre ambos países.

Cada año viaja un envío de libros de un lado de la cordillera al otro, coincidiendo con cada versión de la Fiesta de la Lectura. Junto con ese envío circula una caja de correspondencia llamada «Hasta que la cordillera nos separe», con recomendaciones y reflexiones que agentes culturales de ambos países dejan para lectores desconocidos del otro lado.

En el primer envío llegaron al espacio lector del CCPLM títulos como «Mi juventud reunida», de Mariano Blatt; «El libro agotado», de Gabriela Halac; «Qué hacer» y «Una oportunidad», de Pablo Katchadjian; y «Luciérnaga», de Natalia Litvinova.

Según Magdalena Arrupe, coordinadora del área de Literatura de Malba, los libros seleccionados responden a tres criterios. El primero es que lleguen todas las publicaciones que edita su departamento de Literatura al espacio lector y viceversa. Allí entran títulos como «Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges)», de Luis Chitarroni; «Debates pendientes», de Rita Segato; y «Mente y Escritura», de Juan Villoro.

El segundo criterio es que viajen los libros de los autores invitados a la Fiesta de la Lectura de Buenos Aires y de Santiago a las ciudades vecinas. Ese fue el caso de los textos de María Negroni y Simón Soto.

El tercer criterio tiene que ver con las exhibiciones que cada institución produce. La exposición «Huellas de Cuncuna» del CCPLM motivó un envío a Buenos Aires de libros reeditados de la Colección Cuncuna, trabajo de la Editorial USACH y Ediciones Ekaré. Allí figuran títulos como «La flor de cobre», de Marta Brunet; «La guerra de los yacares», de Horacio Quiroga; y «Colección Cuncuna. La revolución del libro infantil», de Claudio Aguilera y María Isabel Molina.

También viajó «Cabeza y corazón es una ostra», de Emiliana Pereira Salazar. Y en el marco de la exposición de la artista y poeta argentina Fernanda Laguna, llegó al Centro Cultural Palacio de La Moneda una colección de su sello de fanzines Belleza y Felicidad, de los 2000, para consulta del público de la Fiesta de la Lectura en Santiago.

Malba ha realizado 25 versiones de la Fiesta de la Lectura. Magdalena Arrupe explicó que ese evento semestral explora la lectura como práctica colectiva y busca pensar el libro más allá de la figura del autor. Además, el museo organiza desde 2018 la Residencia de Escritores Malba, que hace tres años incluye becas para chilenos. Entre los becados se encuentran Alejandra Costamagna, Alberto Fuguet y Diego Zúñiga.

En 2024, la idea de hacer una Fiesta de la Lectura en Chile cobró fuerza. Ambas instituciones propusieron actividades y presentaron a la primera seleccionada para la Beca Chile de la Residencia de Escritores de Malba. Luego, en 2025, comenzó una nueva etapa de colaboración.

La lectura política de fondo es simple: cuando dos instituciones culturales abren canales concretos de circulación, los libros dejan de quedar encerrados en vitrinas nacionales. Capital cultural y redes de intercambio importan tanto como los discursos sobre integración. Aquí el valor está en la cooperación efectiva, no en la burocracia del gesto.

También hay una señal para el ecosistema editorial. Si las publicaciones, autores y editoriales logran moverse con más fluidez entre Santiago y Buenos Aires, la visibilidad no depende solo del tamaño del mercado doméstico. En un sector donde la escala pesa, abrir rutas de circulación mejora el retorno cultural y amplía el alcance de la producción de ambos países.

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