Los billetes de 5 y 10 pesos que circularon en México dejaron de existir como medio de pago habitual y fueron sustituidos por monedas. Banxico señaló que, al poner en circulación billetes de baja denominación, siempre se considera que más adelante serán reemplazados por monedas.
En el caso del billete de 5 pesos de la familia AA, comenzó a estar en manos de los mexicanos en julio de 1971, medía 157 x 57 milímetros, estaba impreso en papel de algodón y llevaba el retrato de Josefa Ortiz de Domínguez. En 1992 inició su retiro.
El billete de 10 pesos fabricado por Banxico empezó a circular el 15 de diciembre de 1969. Tenía a Miguel Hidalgo y Costilla en el anverso, la Campana de Dolores y la Parroquia de Dolores Hidalgo, Guanajuato, en el reverso. También fue retirado en 1992.
Banxico explicó que el repunte de la inflación observado en 1994 aceleró el reemplazo. También pesaron las presiones alcistas de la década de los 70, porque la vida útil de un billete de baja denominación se volvió más corta.
La autoridad monetaria dijo en 1978 que sustituir billetes por monedas de igual valor facial permitía mantener control sobre el número de billetes en circulación y sobre los costos de producción. Además, señaló que las monedas tenían una duración en circulación de alrededor de quince años, mientras que los billetes de denominaciones bajas tenían una vida útil de alrededor de seis meses.
Banxico también puso en circulación una nueva versión del billete de 10 pesos, de la familia C, fabricada a partir de 1994 y expresada en nuevos pesos. Ese billete mostró a Emiliano Zapata y se mantuvo con otra lógica de circulación, aunque la nota precisa que los billetes de 10 pesos ya retirados perdieron su valor monetario el 31 de diciembre de 1994.
Más allá de la nostalgia de quienes aún guardan esas piezas, el fondo de la decisión es simple: el efectivo de menor denominación se vuelve caro de sostener cuando el Estado monetario necesita eficiencia y control. Capital busca reglas claras; en este caso, Banxico optó por una solución más durable y menos costosa para la producción de dinero físico.
El mercado ya votó hace tiempo a favor de monedas más resistentes que billetes que duran poco. Cuando el aparato monetario reduce fricción y gasto, el contribuyente y el sistema de pagos salen ganando.



