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Automatización y empleo: 8 casos muestran que el impacto no siempre es una caída

La evidencia recopilada en grandes empresas chilenas sugiere que la tecnología puede reducir dotaciones en algunas etapas, pero también elevar productividad y abrir espacio a más producción. El punto decisivo no es solo la máquina, sino si la empresa logra seguir siendo competitiva.
lunes 5 de octubre de 2026

Hace una década era una amenaza; hoy ya es una realidad. La automatización de los procesos productivos no tiene vuelta atrás y sigue expandiéndose, con efectos que no son iguales en todas las industrias ni en todas las tareas.

El debate no es menor en Chile, donde hay casi un millón de desocupados. En su Informe de Política Monetaria del 9 de septiembre, el Banco Central citó el estudio de su gerente de la división de Política Monetaria, Elías Albagli, y de su equipo, que atribuye la debilidad del mercado laboral a la fragilidad económica, pero también a factores persistentes como el alza de los costos laborales y los procesos de adopción tecnológica.

El ente emisor además recordó un estudio de la OCDE de 2018 que ubicó a Chile como el sexto país más expuesto al riesgo de automatización entre 30 países del organismo. Según el Banco Central, esa exposición responde a un empleo concentrado en sectores más automatizables y a una mayor presencia de ocupaciones expuestas dentro de esos mismos sectores.

En el detalle sectorial, las mayores exposiciones aparecen en agricultura, con 80%; transporte, con 71%; manufactura y comercio, con 70%; y minería, con 69%. En el extremo opuesto figuran actividades financieras, inmobiliarias y administración pública, con valores bastante menores.

Por ocupación, los más expuestos son trabajadores agrícolas, operadores, artesanos y ocupaciones elementales. Los empleos de servicios y ventas, y apoyo administrativo, exhiben un riesgo medio, mientras que gerentes, profesionales y técnicos aparecen como los menos expuestos.

La casuística empresarial muestra que la relación entre automatización y empleo es más compleja que una resta directa de puestos. Empresas San Clemente, la mayor exportadora de manzanas del país, inauguró una planta de embalaje de frutas frescas en Angol casi completamente automatizada. Luis Chadwick, presidente de la compañía, dijo que desde que llega la fruta al packing hasta que sale embalada «nadie toca la manzana».

En esa planta, la dotación pasa de 225 personas por turno a 150. Chadwick sostiene que la idea es ahorrar para que el negocio continúe, «pues si no, desaparece como unidad económica».

En la otra vereda, Alejandro García-Huidobro, propietario de la exportadora de berries Prize, afirma que la automatización en packings ha reducido personal en esa área, pero también ha sido habilitante para crear más puestos de trabajo en otras etapas del proceso. Dice que en el embalaje hay mucha automatización, pero que la cosecha y la poda siguen siendo, por ahora, tareas humanas.

El caso de las cerezas ilustra la escala que puede alcanzar esta transición: una máquina de selección pasa 15 mil kilos por hora, equivalentes a 1,5 millones de frutas, 400 frutas por segundo, y toma 30 fotos a cada fruta para generar un producto homogéneo.

La lectura de fondo es clara: cuando el aparato productivo incorpora capital y tecnología, puede perder empleos en una fase, pero ganar productividad, volumen y continuidad empresarial. Para la economía, el costo más alto no está en la automatización en sí, sino en un mercado laboral rígido que encarece contratar y adapta mal a la fuerza de trabajo.

Los números primero. Si el país quiere más empleo sostenible, necesita reglas que permitan invertir, innovar y producir a mayor escala. El mercado ya votó: la empresa que no mejora productividad termina perdiendo margen y competitividad.

Capital busca reglas claras. La automatización no es el enemigo; el enemigo es un entorno que castiga la inversión y vuelve más difícil transformar tecnología en más producción, más salarios y más oportunidades.

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